Calle Larios

Mi reino por un patinete

  • Son rápidos, cómodos, ligeros, no contaminan y te ponen en cualquier sitio en diez minutos: el transporte perfecto. Pero lo más divertido es esperar el próximo truco que se saquen de la manga

Lo verdaderamente triste del patinete es que no admite muchas opciones en cuanto a tuneado. Lo verdaderamente triste del patinete es que no admite muchas opciones en cuanto a tuneado.

Lo verdaderamente triste del patinete es que no admite muchas opciones en cuanto a tuneado. / Javier Albiñana (Málaga)

CONDUCÍA el otro día de vuelta a casa, de noche, en una calle con un solo carril y con bastante tráfico, cuando me percaté de que un vehículo intentaba adelantarme por la derecha. Esperaba al habitual motorista que mete el morro con tal de abrirse camino, pero cuando eché un vistazo al espejo retrovisor no encontré nada. Volví a mirar bien por los dos espejos, el interior y el exterior, con idéntico resultado: nada, ni una luz, ni señal alguna de artefacto terrestre. Pero mi impresión era certera: algo seguía intentando adelantarme por la derecha, en un único carril, aprovechando la escasa velocidad a la que circulaba y arrimado peligrosamente a mi coche. Durante todo este tiempo había permanecido en un ángulo muerto, hasta que al fin decidió reducir un poco la marcha y quedarse atrás, con lo que pude distinguirlo, más o menos: era un tipo subido a un patinete, a una velocidad que me resultó sorprendente para un cacharro de este tipo y con la que volvió a intentar el adelantamiento, impropio, ilegal e inútilmente arriesgado. El usuario avanzaba sin ningún tipo de protección, sin casco y sin chaleco reflectante aunque la noche ya estaba del todo cerrada: únicamente un foquito frontal que pasaba inevitablemente inadvertido entre el tráfico rodado le servía de aviso. Después de echarle tanto valor, el nota giró finalmente a la izquierda y me dejó en paz, circulando en medio del carril y obligando a todo el mundo a andarse con mil ojos para no llevárselo por delante. Al día siguiente bajé al centro a pie y encontré en la calle Comedias, dejados a un lado como si estuviesen engañosamente aparcados en batería, ocho o diez patinetes uniformados que ocupaban el trazado reservado exclusivamente a los peatones. Debían ser las diez de la mañana y a esa hora el tráfico de carga y descarga en la calle es abundante, con lo que, a pesar de la preferencia peatonal, había que avanzar con cuidado para dejar los patinetes a un lado y no cruzarse en el camino de los camiones. Más tarde encontré otros patinetes en varios sitios del centro, dejados así, a la fresca, como las bestias de antiguamente, sin atar y sin miedo a que se los llevaran, porque al cabo quién va a llevarse a su casa un cachivache semejante. Comprobé que buena parte de los ejemplares correspondían a turistas que los empleaban para sus visitas guiadas, como una versión naif del segway. Y, claro, caí rendido: he aquí un medio de transporte ligero, cómodo, rápido, no contaminante, que te puede poner en cualquier parte de Málaga en diez minutos, que puede utilizarse como prácticamente cualquier otro vehículo, que puede circular por la acera, por el asfalto, por el carril-bici y por donde le venga en gana al cliente y que, como no tiene matrícula, permite al piloto pasar por peatón o por conductor, según le convenga, sin tener que someterse a rígidas normas de seguridad. El patinete es el automóvil del futuro. Aleluya.

De manera que si a usted, lector, le han traído uno los Reyes Magos, puede darse por satisfecho. Está en la onda, en lo nuevo, en lo in. Los que aún resistimos nos limitamos a esperar con una mezcla de diversión y estupor el próximo truco que en lo relativo a movilidad alguien se sacará de la manga, en esta ciudad que parece asumir cualquier despropósito con la naturalidad de un mejillón pegado a la roca. Cualquier día se impondrá el uso de elefantes para darle al paseo por el centro un matiz más exótico y el problema consistirá en cómo diantre combinar el paso de los paquidermos con los traslados de Semana Santa. Al mismo tiempo, a los neandertales que todavía nos gusta ir a pie por ahí, y que preferimos caminar cuando podemos hacerlo, nos queda la tarea de encajar este nuevo revés respecto a nuestros derechos como peatones, cada vez más desplazados de todas partes. Habrá quien diga que el patinete se ha impuesto en todas las grandes ciudades, y tendrá razón. Pero, por una parte, lo ha hecho por lo general sometido a reglas elementales de convivencia que aquí, todavía, brillan por su ausencia o, lo que es peor, no se aplican; y, por otra, su éxito obedece a la misma lógica que convierte en moda chachipiruli la exigencia de rendir y producir más en más sitios y en menos tiempo por la mismo compensación, lo que también cabría aplicar al turismo (dicho de otro modo: vender un turismo de calidad y subirlo a un patinete es un fraude). Sólo cabe aguardar con ilusión la llegada del gorrocóptero. Mi reino por un patinete.

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