Calle Larios

El banquete de los cuerpos al sol

  • Sí, el uso de la mascarilla al aire libre sigue siendo mayoritario

  • Pero del resto de la anatomía no habíamos dicho nada

  • El verano, la playa y todo lo demás invitan al reencuentro y la aceptación

Y con la mascarilla al quite, por si acaso.

Y con la mascarilla al quite, por si acaso. / Javier Albiñana (Málaga)

Más allá del escrúpulo genital judeocristiano, y dejadas a un lado las consabidas aportaciones en materia literaria y filosófica, seguramente la mayor contribución de la cultura grecolatina a la historia de la humanidad sea la costumbre de cubrir el cuerpo también cuando se da una circunstancia climatológica favorable a la desnudez: por más que la perfección del torso se convirtiera para el mundo clásico en la cumbre del orden estético, había que vestir del cuello a la sandalia para hacer honor a la categoría ciudadana por mucho calor que hiciera. Al mismo tiempo, sin embargo, la polis proveía a los mismos ciudadanos de espacios suficientes para el encuentro con todo al aire, desde los baños a los prostíbulos; y, fuera del excluyente sesgo de tal ciudadanía, también eran susceptibles los gineceos de acoger costumbres relajadas en lo que a vestimenta se refiere. Pienso a menudo en este paradigma proclive a la cobertura en los ámbitos públicos cuando encuentro, día sí y día también, a los entusiastas descamisados que pasean a sus anchas por el centro de Málaga sin que les caiga encima la sanción correspondiente. No resulta difícil, de hecho, asignar a tales ejemplares el blasón bárbaro o esclavo, en cualquier caso ajeno a lo que cabe esperar de una humanidad civilizada. Hace mucho tiempo alguien consideró que era una buena idea taparse no porque hiciera falta, sino para distinguirse de las bestias, pero en esa refriega andamos todavía. En cualquier caso, y sin llegar a tales extremos, el verano entraña, al menos desde que Manuel Fraga inventara el turismo, la ocasión idónea para el reencuentro con el cuerpo, el propio y el ajeno, olvidadas ambas modalidades bajo el peso de las ropas el resto del año. También nuestra civilización, la que nos toca, brinda excepciones y reservas en los que el descamisamiento no sólo es lícito sino oportuno: lo que en la España vacía llaman piscina adquiere en nuestro dominio costero la hechura majestuosa de la playa, con su arena sucia, sus natas, sus olas del Melillero y las fascinantes criaturas que la pueblan en periodos cada vez más extensos gracias a las bondades del calentamiento global. Pero también afloran a pie de calle brazos, piernas, espaldas, ombligos, hombros, pies diversos sobre chanclas gastadas. El cuerpo es un festín servido al sol como reacción a su negación general, su ocultación por vergüenza, por complejo o por la respuesta pecaminosa que inspira. Hay cierta inclinación entre los articulistas de prensa a denunciar el mal gusto de los españoles a la hora de vestirse menos o de directamente desvestirse en verano; el centro del debate, acaso desde la más elocuente porcelana burguesa, se encuentra ahora en la longitud de las mangas de la camisa; pero confesaré, que Dios me perdone, que tales polémicas me son indiferentes. Lo que interesa, lo importante, es el cuerpo que busca su manifestación natural, su exposición legítima.

Los moldes de la supuesta perfección a la que se enfrentan estos cuerpos son cada vez más estrechos

Hemos aguantado durante años sermones cursis sobre la nostalgia de los rostros mientras los talibanes de turno reclamaban la continuidad de las mascarillas contra los menos agraciados. Unos y otros parecen haberse quedado al fin satisfechos. Pero nadie se acuerda nunca del cuerpo, lo que en parte tiene sentido dado el regreso triunfante de los dogmas morales. Es hora, pues, de reivindicarlo, desde esta playa en la que comparecen brazos y piernas, manos y pies, músculos y grasas, tripones y abdómenes, espaldas velludas y pantorrillas rasuradas, nalgas, pechos, pezones, pecas, ombligos, dedos, varices, muslos y nalgas, ombligos, pelos, uñas, orejas y narices, vientres preñados, heridas, cicatrices, cortes, durezas, padrastros, quemaduras, mordiscos, moratones, rasguños, imperfecciones, extremidades desiguales, cervicales torcidas, caderas reajustadas, pieles abrasadas, labios, cuellos, codos enrojecidos, cejas sin depilar, rodillas, mejillas sin beso, frentes despellejadas, todo un banquete de fraternidad en el que es posible reconocerse y sentir gratitud por el cuerpo, el viejo compañero que sabe de antemano que volverá a la ceniza y, sin embargo, muestra todo su empeño en ofrecer sus servicios. Porque los moldes de la supuesta perfección a la que se enfrentan estos cuerpos, convertidos en objeto de ocupación colonial, mercancía para los lobos y cáscara de desecho para el poder económico son cada vez más estrechos. De modo que ha llegado la hora de reclamar la aceptación como un derecho irrenunciable. Ya llegará el invierno con su rígida camisa luterana.

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