Calle Larios

Otra Málaga detrás del muro

  • Y mientras la ciudad se dispone a hacer frente a todas las variantes del coronavirus con tal de que el puente salga rentable, la otra mitad se resigna a una pandemia aún más grave: la exclusión

El mayor enigma sigue siendo, tanto tiempo después, cómo vive la otra mitad.

El mayor enigma sigue siendo, tanto tiempo después, cómo vive la otra mitad. / Juan Carlos Muñoz

UNO de los títulos clásicos del fotoperiodismo lleva por título Cómo vive la otra mitad y fue publicado en forma de libro por el reportero estadounidense Jacob Riis en 1890. En realidad, el volumen, divulgado en España en diversas ediciones, es considerado también un estudio sociológico emblemático de su tiempo. Riis reunió imágenes y textos para dar cuenta de cómo vivían las poblaciones de los barrios obreros de Nueva York a finales del siglo XIX, a menudo en condiciones de esclavitud y pobreza, sin derechos elementales y en plena exposición a la violencia y la exclusión. La obra aspiraba a presentar a una mitad de los neoyorquinos, los que podían hacerse con el libro, cómo vivía la otra mitad, lo que generó una aguda polémica porque esa mitad con más posibilidades de desarrollo desconocía del todo las condiciones de la existencia de los más desfavorecidos, por más que vivieran en la misma ciudad, a veces sólo a unas calles de distancia. Cómo vive la otra mitad inspiró, de hecho, buena parte de los movimientos civiles relacionados con el mundo obrero en Estados Unidos: esa otra mitad invisible carecía de derechos, no podía acceder a espacios públicos ni mucho menos ir al teatro. Riis se limitó a retratar el otro hemisferio, a ponerle rostro, cuerpo, voz, números, estadísticas, imágenes y análisis que significaron, por primera vez, la definición de un mundo instalado ahí al lado del que nada se sabía, al que nadie, dentro y fuera de los mandos administrativos, políticos y culturales, había prestado atención. Bastó sacarlos a la luz para que todos aquellos estibadores, albañiles, repartidores y demás trabajadores se convirtieran en objeto de derecho y, por tanto, en merecedores de una consideración cívica. La sola intención de pensar en una ciudad silenciada, oculta e impenetrable instalada en la misma ciudad que uno habita a diario resulta, cuando menos, inquietante, pero más desasosiego genera la certeza de que las mitades excluidas siguen siendo invisibles, tal y como aquel Nueva York obrero de finales del XIX. La noticia que nos habla de un indigente muerto a causa de una agresión brutal en Málaga pone a cualquiera en alerta, nos recuerda que la marginalidad es real y que continúa asociada, como siempre, al abuso y la violencia, a un mundo en el que el más débil es siempre susceptible de vivir un infierno. Pero falta considerar aún más, tanto más, la evidencia de que la exclusión representa, todavía, una mitad soslayada, carne de olvido.

Nada distrae tanto como una pandemia, pero la venda estaba puesta mucho antes

Que podamos hablar de una Málaga ignorada por la otra mitad, sumida en una supervivencia a menudo durísima de la que quien puede simplemente mirar a otro lado nada sabe, es en parte comprensible: llegamos a estas alturas del año, a este puente previo a la Navidad, con las calles ya iluminadas, después de mucha tensión acumulada por la pandemia y en una coyuntura que alimenta de hecho más tensión ante la incertidumbre generada por las nuevas variantes del virus. Habíamos esperado este momento desde hace mucho con tal de darnos un respiro, distraernos del tedio, mirar al porvenir inmediato con un color distinto. La presión mediática no ayuda precisamente a la hora de equilibrar esa tensión en su medida más justa, pero no queda otra que repartir el tiempo entre la mayor ilusión de normalidad y la atención a la evolución de la epidemia: mucho es, sigue siendo, lo que hay en juego. Así que de alguna forma cabe excusar que no se admiran más prioridades, al menos entre esa mitad que atiende a la información, ansía unas fiestas como las de antes y sigue jugándose mucho en lo económico y en lo emocional a costa de la incertidumbre. Sin embargo, se podría considerar que la exclusión es la expresión de una epidemia más antigua, más extendida y seguramente de consecuencias mucho más graves, que crece sin remisión en gran medida porque quien puede prestar atención no lo hace. Y no es ni mucho menos descabellado establecer una línea directa de causa y efecto entre la muerte atroz de un mendigo en un parque y una ciudad que ha optado para su desarrollo por un modelo abiertamente especulativo, basado en un crecimiento cuya rentabilidad repercute cada vez en menos manos, una lógica inmobiliaria inasumible que deja a cada vez más gente en la calle y unos marcos de participación cada vez más estrechos. Nada puede llegar a distraer tanto de lo importante como una pandemia, seguramente; pero, en realidad, aquí la venda estaba puesta en los ojos desde mucho antes.

Sucede, sin embargo, que en ese muro que impide el reconocimiento de una mitad a cargo de la otra se abren a veces grietas reveladoras. Ésa es la función que cumplen, por ejemplo, los informes de Cáritas, que desde el mismo estallido de la pandemia vienen alertando del crecimiento alarmante de la exclusión, del desamparo absoluto al que se enfrentan sus víctimas y de la tendencia que convierte a las agresiones contra los desfavorecidos en sucesos tristemente frecuentes. Bajo esta luz, no está de más caer en la cuenta, de una vez, de que un modelo que alienta la exclusión no sólo es indeseable, sino que, aunque sea a largo plazo, tal y como ha demostrado la Historia, hará de esa exclusión hegemonía. Y a ver qué hacemos entonces.

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