Málaga: el imperio del kitsch

Calle Larios

El problema no es que la ciudad se convierta en una réplica degradada a modo de un parque de atracciones: lo verdaderamente grave es que la ciudadanía aprenda la lección, incorpore el modelo y se sienta aludida

Carta urgente a los Reyes Magos

El ideal del kitsch es un valor igual a cero.
El ideal del kitsch es un valor igual a cero. / Álvaro Cabrera / Efe

Hace unos meses paseaba por el Postigo de los Abades, junto a la Catedral, pensando en cualquier tontería, cuando me topé con una instalación que me llamó la atención. Se trataba de un comecocos, ya saben, la figura del videojuego clásico, bien grande, de llamativo color amarillo y colocado sobre un pedestal para garantizar su visibilidad desde cualquier ángulo del enclave. Me acerqué y comprobé que se trataba de un reclamo publicitario del cercano Museo del Videojuego, puesto en tal ubicación de manera estratégica para llamar la atención de los miles de turistas que a diario pasan por allí y redirigirlos al museo. El reclamo era eficaz, desde luego, pero al mismo tiempo funcionaba como pantalla interpuesta entre cualquier paseante y la misma Catedral o el hermoso palo borracho del Postigo, condenados a un inevitable segundo plano a mayor gloria del comecocos. El artefacto estuvo puesto allí unas semanas y desconozco, la verdad, si causó el efecto deseado con una mayor afluencia para el museo, pero aquel mismo día me quedé rumiando sobre el modo en que Málaga parece entregarse al kitsch con el mayor entusiasmo. Me acordé del trance al leer el reciente comunicado emitido por la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo sobre las esculturas cedidas a la ciudad por el artista ceutí Ginés Serrán para su próxima ubicación en el puerto: un conjunto escultórico en el que destacan un dios Neptuno de ocho metros y una Venus de seis, además de algunos leones, con varias toneladas por pieza. En su comunicado, firmado por su presidenta, Rosario Camacho, la institución critica el emplazamiento reservado para las obras y, sobre la estética del conjunto, afirma: “Se nos revela más que dudosa para un proyecto escultórico con dimensión urbana como éste, al asumir como distintivo visual un pseudo-neoclasicismo pretencioso y grandilocuente, de inequívoco enganche kitsch, más propio del cómic de superhéroes y superheroínas surgido del universo Marvel que de una sincera recuperación del clasicismo desde la óptica contemporánea”. Un servidor consideraría pertinente esperar a ver las esculturas alojadas ya en el puerto antes de emitir un juicio firme, aunque lo cierto es que las imágenes que hemos podido ver de las esculturas invitan a darle la razón a la Academia. En cualquier caso, la referencia al kitsch me llamó la atención porque creo que, más allá de este caso puntual, aquí se encuentra el verdadero quid de la cuestión.

Se trata de copiarlo todo, degradarlo y decorar la ciudad con tal de emocionarnos, de convencernos de que Málaga está en el nivel que le corresponde

Creo que nadie ha definido mejor lo que es el kitsch que Chantal Maillard en su libro Contra el arte, recientemente reeditado: “El kitsch es una ornamentación de las cosas, de los sentimientos, de los usos, del espíritu, de la vida toda. Se distingue por su capacidad de apropiarse de todo, de copiarlo todo, degradándolo. El kitsch, como cualquier categoría estética, es también una categoría moral, un modo de vivir, un modo de ser. Pero, sobre todo, el kitsch es una forma de mentir. Es el como si de las culturas empobrecidas y decadentes. Un quiero-pero-no-puedo. Seguramente ya está aquí todo dicho, pero vale la pena recordar que el kitsch nació en los estados europeos totalitarios del siglo XX (primero en Alemania y después en el Este) como imitación burda y efectivamente degradante de las vanguardias artísticas para promover su desprestigio. Es decir, el kitsch es, también, como todo en la vida, una cuestión política: “El kitsch es la traducción de la tontería de las ideas adquiridas al lenguaje de la belleza y la emoción. Nos arranca lágrimas de ternura por nosotros mismos y por las banalidades que pensamos y sentimos”, escribió al respecto con su proverbial mala leche Milan Kundera, quien popularizó las referencias al kitsch en su novela La insoportable levedad del ser. Y, bueno, si tenemos en cuenta elementos como las citadas esculturas, el alumbrado navideño de la calle Larios, el espectáculo de luces que acogió el año pasado el Parque del Oeste, el comecocos, el circuito de terrazas hosteleras del centro, los rascacielos de Martiricos y todos esos elementos que nos acercan cada vez más a la Marbella de Jesús Gil, no hay más remedio que admitir que Málaga parece apostar fuerte por figurar como el imperio del kitsch: se trata de copiarlo todo, degradarlo y decorar la ciudad con tal de emocionarnos, de convencernos de que Málaga está en el nivel que le corresponde. Cómo nos vamos a atrever a renunciar a todo esto si en cualquier otra ciudad se darían de tortas por tenerlo: esa es la lección que corresponde aprender. El emblema definitivo del kitsch malagueño es la torre del puerto, claro. Tan conscientes son las mismas autoridades impulsoras del proyecto que la tramitación del mismo ha sido una soberana chapuza. Por cierto, quienes con el mayor orgullo comparaban el hotelazo con la Torre Pelli de Sevilla ya se habrán enterado de que Caixabank, propietaria del inmueble, lo ha vendido al grupo Argis por unos 130 millones de euros, una tercera parte de lo que costó. La ley del kitsch es infalible: degradación es igual a devaluación, pero aquí aplaudiremos con las orejas cuando inauguren el siguiente mamotreto. 

Quienes comparaban el rascacielos del puerto con la Torre Pelli de Sevilla ya sabrán que acaba de ser vendida por una tercera parte de lo que costó

Conviene llamar la atención sobre la advertencia de Chantal Maillard: el kitsch es también una cuestión moral. Lo peor no es que llenen Málaga de cosas feas y emocionantes, sino que la ciudadanía asuma tal ornamentación como modelo inevitable, como destino infalible. Como si también estuviéramos los malagueños abocados a ser la copia rebajada de otros, un como si, un quiero y no puedo, la ensoñación permanente de ser otros, la heteronomía perfecta. Quién sabe: a lo mejor, un día, decidimos dejar de mentirnos a nosotros mismos y empezar a pensar la ciudad de otra manera, para que Málaga pueda ser Málaga, no la caricatura barata de cualquier otra ciudad. Quién sabe.

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