Los nombres de Málaga

Calle Larios

Las decisiones respecto a cómo llamaremos las calles que pisaremos y los espacios públicos que frecuentaremos son privilegio del poder político, pero hay que preguntarse en qué sociedad vivimos

Los refugios del afecto

Venga, ¿cómo lo llamaría usted?
Venga, ¿cómo lo llamaría usted? / M. H.

Fue una coincidencia reveladora, si se quiere: casi a la vez que el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, anunciaba que el tercer hospital de Málaga llevará el nombre de Virgen de la Esperanza, el científico español Mariano Barbacid confirmaba que el tratamiento desarrollado por su equipo para la erradicación del cáncer de páncreas había logrado resultados decisivos en modelos animales, con lo que se abría la puerta a su próxima aplicación en pacientes humanos. Hombre, habría sido simpático que Moreno hubiera anunciado que el hospital se iba a llamar Mariano Barbacid, en un impresionante sentido de la oportunidad; pero, bromas aparte, sería interesante reparar en los nombres propios de la comunidad científica cuyos titulares trabajan para mejorar la salud de todos, enfrentándose a recortes de gran calado para sus investigaciones y otros obstáculos que los legos ni siquiera imaginamos, y que podrían ser merecedores con suficiente consenso de tal distinción. Y a lo mejor tendríamos un listado abultado de candidatos sin salir de Andalucía, ni siquiera de Málaga. La referencia a la Virgen de la Esperanza, en cualquier caso, ha suscitado un debate interesante en los más variados foros (mi favorito, ya saben, es el que conforman bares y cafeterías, donde también se ha hablado mucho de la cuestión en los últimos días) sobre la idoneidad del nombre en un estado aconfesional y todo eso. Y, bueno, a quienes nos gustan las ciudades, especialmente la ciudad en que vivimos, nos suelen interesar también los nombres de sus espacios públicos, así como las decisiones que llevaron a los responsables de turno a proponerlos. Un hospital, desde luego, no es cualquier cosa en lo que a espacios públicos se refiere. Así que, de entrada, uno querría pensar que el nombre se ha adoptado con suficiente reflexión y cautela. La misma que habría venido bien para preguntarse, por ejemplo, cómo evitar la tala de los árboles que han crecido en la superficie designada hasta delimitar un verdadero bosque natural.

La tradición es un indicador fiable de la adscripción popular, pero, al mismo tiempo, tampoco obliga a nada

Igual hay que aclarar de entrada que un servidor no tiene nada contra la Virgen de la Esperanza ni ninguna otra, Dios me libre. La opción de su nombre para un hospital forma parte de la más absoluta normalidad: buena parte de los hospitales públicos andaluces, como nuestro Hospital Universitario Virgen de la Victoria, se acogieron ya a esta fórmula y tiene sentido que la tradición continúe. Porque de eso se trata, de tradición. La designación de la Virgen de la Esperanza goza de una adscripción popular más que notable en Málaga, por lo que su elección ya estaría justificada. Cuestión aparte merece la consideración que hizo Juanma Moreno de la esperanza como emoción común entre quienes ingresan en un hospital: creo que conviene ser muy respetuosos con lo que pasa por la cabeza y el corazón de cualquiera que entra en un hospital, así como de sus familiares, porque lo que puede ser esperanzador para unos puede resultar desolador para otros, así que convendría sacar esos paternalismos de los espacios sanitarios públicos. Al mismo tiempo, podríamos considerar que la tradición no obliga a nada y que a lo mejor se podría haber optado por un nombre más abierto, más transversal y con un espíritu más ilustrado, en lugar de uno asociado de manera tan directa a una profesión religiosa y por tanto, de manera inevitable, excluyente. Y luego, bueno, está el criterio pragmático: si en ese hospital va a ejercer el médico que salvará la vida de mi hijo, pónganle Paz Padilla, si les parece. Como diría Shakespeare, como gustéis. O, afinando un poco más: todo está bien.     

A lo mejor se ha perdido aquí una oportunidad interesante de recabar la opinión de la ciudadanía

Lo que no se debe olvidar es que las decisiones por las que se ponen sus nombres a las calles y plazas que pisamos y a los espacios públicos que frecuentamos constituyen una demostración infalible, siempre, siempre, de quién ostenta el poder político. Y sería interesante reparar en cómo las cofradías de Málaga han dado buenas muestras del ejercicio de este poder solo en los últimos años en la reordenación y nomenclatura del callejero, tanto en el centro como en no pocos barrios (no en vano, el hermano mayor de la cofradía de la Esperanza acompañaba hace unos días a Juanma Moreno en la revelación del nombre del tercer hospital). Ya sabemos que, al final, la gente llamará al hospital como considere, del mismo en que todo el mundo se refiere al Hospital Universitario Virgen de la Victoria como El Clínico; pero a lo mejor se ha perdido aquí una oportunidad interesante de recabar la opinión de la ciudadanía, en una concesión más inteligente a la cultura democrática, a la hora de bautizar el equipamiento. No sé, si dan a elegir a la plebe el leitmotiv de la Noche en Blanco, ¿por qué no hacer lo propio con el nombre de un hospital? ¿O es que ahí ya no confiamos tanto en la madurez del personal? Porque, al final, se trata de volver a preguntarnos en qué sociedad vivimos: en una suficientemente autónoma, capaz de valerse por sí misma con rigor democrático; o en otra en permanente minoría de edad a la que hay que decirle cómo tiene que llamar a las cosas y de la que esperamos solo el aplauso de turno. No sé. Usted, lector, dirá.

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