La operación contra una trama de burdeles en Málaga cierra con la caída del 'escolta' que vigilaba a las víctimas

La Policía sospecha que era el hombre que desplazaba a mujeres a hoteles y viviendas para prostituirlas

Dieciséis detenidos tras caer en Málaga una red de trata de seres humanos con fines de explotación sexual

Desmantelan en Málaga una red de trata de seres humanos con fines de explotación sexual / POLICÍA NACIONAL

La llamada interrumpía con un mensaje breve la entrevista con este periódico. Al otro lado, los investigadores confirmaban al responsable del grupo lo que llevaban semanas esperando: el último fugitivo había sido detenido. Era el hombre que, presuntamente, escoltaba a las víctimas a hoteles y domicilios para prostituirlas. La Policía Nacional lo considera también uno de los encargados de una de las tres casas de citas, enlace invisible entre los pisos y los clientes. Una pieza clave en una trama que ya dan por desarticulada, con tres burdeles cerrados, 17 arrestos y 22 mujeres liberadas.

Sabía moverse. Había logrado esquivar los seguimientos. Hasta ahora. Para los investigadores del Grupo III de la Unidad Contra las Redes de Inmigración y Falsedad Documental (Ucrif), el último de los detenidos no ejercía sólo de chófer, sino que controlaba los traslados de las víctimas. La persona que las recogía y las devolvía, supervisando cada uno de sus movimientos. “Las víctimas siempre iban acompañadas por él. No tenían autonomía en sus salidas a otras casas”, resumen los investigadores al frente del operativo.

Todas ellas, latinoamericanas de entre 25 y 40 años. Ninguna elegía dónde iban ni decidían cuándo regresaban. Tampoco negociaban precios ni gestionaban clientes. La red para la que trabajaban no sólo explotaba cuerpos. En los clubes de alterne se movían drogas y potenciadores sexuales, además de cocaína, tusi, marihuana y pastillas. Parte del negocio consistía en alargar los encuentros sexuales, en vender resistencia química para multiplicar beneficios.

Un hombre apodado El Doctor abastecía a la estructura sin titulación sanitaria. La Policía sospecha que era uno de los proveedores de estupefacientes, el mismo que compaginaba su negocio con la gestión de un bar legal.

Las normas de las casas de citas, plastificadas, colgaban en las paredes. Cambiar sábanas. Vaciar papeleras. No dejar solo al cliente. Y 20 euros de multa por cada fallo. La reiteración implicaba expulsión. Antes, una semana de prueba sin descanso. Después, dos horas libres al día. “Quien se rebela se va sin cobrar;es una forma de castigo si ponen pegas o los clientes se quejan de ellas”, sostienen los policías que han destapado la trama. Una disciplina empresarial aplicada a personas vulnerables.

Para asegurarse el buen rendimiento del negocio, la organización implantaba un sistema de pagos en diferido, de modo que las mujeres cobraban tras una semana trabajada y, así, en caso de que alguna se mostrara “rebelde e incumpliera normas” iría a la calle sin cobrar.

El control que ejercían los proxenetas era psicológico. “La dinámica de estas redes ya no es el encierro físico con llave. Las víctimas no tienen donde acudir ni arraigo social. Su único núcleo de confianza, aunque suene contradictorio, son los responsables del club”, precisan los policías.

De ahí sólo las dejaban salir en horarios sin clientela, vigiladas con cámaras. Una mujer podía pasar del burdel situado en el centro de Málaga al de Marbella y, meses más tarde, a Campanillas para renovar la oferta. “Mercadean con las chicas para que el cliente tenga más variedad”, señalan los agentes.

Algunas víctimas ascendieron a encargadas, la figura conocida como “la mami”: antiguas prostitutas convertidas en supervisoras, mediadoras entre clientes y jefes. Un escalón más alto, sin sanciones.

En uno de los burdeles, los policías descubrieron a víctimas durmiendo en cojines en el suelo de la cocina. “Ellos priorizan el servicio sexual al descanso; la cama tiene que estar libre si hay un pico de clientes”, afirman los investigadores.

Detrás de todo el engranaje, cuatro hombres como núcleo directivo. Uno de ellos supervisaba el conjunto mientras una pareja –ya en prisión– gestionaba una de las casas y guardaba droga en la suya, donde vivía un menor.

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