Málaga

Resignación y mascarillas, en el primer día de uso obligatorio en Málaga

Tres jóvenes con mascarillas acceden a la playa de La Malagueta, este miércoles. Tres jóvenes con mascarillas acceden a la playa de La Malagueta, este miércoles.

Tres jóvenes con mascarillas acceden a la playa de La Malagueta, este miércoles. / Javier Albiñana (Málaga)

Lucir mascarilla es ya norma de obligado cumplimiento en Andalucía, bajo multas de 100 euros para aquellos que no la incluyan en su indumentaria. Este miércoles, en el estreno de esta medida, entre los olvidadizos que siempre se la dejan en casa o en el bar después de tomarse la cerveza, y los que haciendo gala de la picaresca se la colocan cuando a lo lejos intuyen la presencia policial, estaba la mayoría, que con resignación aceptaba que “es lo que hay”, aunque el calor de Málaga invite a buscar excusas. No las hay.

Contadas eran las personas que no las llevaba puestas por las calles del Centro de la capital, y también en las playas, lugares donde su uso es obligado cuando se pasea y si se está bajo la sombrilla en caso de grupos que no forman unidad familiar. En la playa de La Malagueta, Francisca Moreno, apuntaba que no entiende “tantos cambios”. Aunque dice que tiene clara la nueva norma porque se la ha “estudiado” a fondo, considera que “en la playa la mascarilla no tiene sentido”. Explica que cada vez que va intenta guardar la distancia con el resto de personas y que por lo general “la gente no se pega”. “Con eso podría ser suficiente si todos somos conscientes”. Pese a esta queja inicial, comprende que se debe cumplir la medida. “Faltaría más”, se dice.

Cerca de ella, la Policía Local hablaba con otras dos mujeres que descansaban en un muro; una de ellas, con la mascarilla bajada hasta el cuello, se la coloca convenientemente ante la llamada de atención de los agentes que este miércoles, por ser el primer día, únicamente se dedicaron a informar, sin sancionar.

Otra señora mostraba colgado al cuello el informe médico que acreditaba un problema respiratorio que la exime de su uso. “La gente me llaman mucho la atención por no llevarla”, protestaba Isabel Fernández, asegurando que había quien le había recriminado que iba “contaminando” a los demás. “Comprendo que la situación es grave, pero es lamentable que personas normales me paren y me pidan explicaciones”, insistía. Sobre el grado de cumplimiento de la población, consideró que “cuando llegue el otoño estaremos ya más acostumbrados a llevarla”. “Con el calor es horroroso”, apostilla.

Mientras dos amigas, María López y Queca Díaz, cargadas con todo lo necesario para pasar una mañana de playa y ataviadas con sus mascarillas, comentaban las novedades. “Yo no protesto”, manifestaba María, refiriendo que “hay quien dice que se asfixia”. “Pega calor y es incómodo, pero nos tenemos que proteger”, añadía Queca, que reconocía que estos días atrás no la utilizaba cuando caminaba por la orilla. Con todo, ambas presumían de llevar a rajatabla su uso “desde que Fernando Simón lo dijo”.

Aún así, todavía hay quienes se hacían los despistados, muchos de ellos turistas. De hecho, la mayoría de las personas que este miércoles no llevaban puesta la mascarilla al acceder a la playa eran precisamente visitantes extranjeros. “Se la quitan cuando pisan la arena”, aseguran Santiago y Rafael, los auxiliares del turno de mañana en La Malagueta, señalando a una joven que justo acababa de destaparse el rostro al salir del paseo marítimo. No obstante, matizan que “dentro de lo que cabe la gente es educada y no hay problemas”, sobre todo en La Malagueta. Otras playas, como La Misericordia o la de Huelin, señalan, son “más conflictivas”. “La juventud es la que pasa de todo, quieren vivir la vida y pasan del tema”, afirman.

En el Centro se repetía la misma estampa. La mayoría de los malagueños daban ejemplo, entre los típicos que no cubren sus narices y los viandantes que apartaban su mascarilla para fumar o hablar por el móvil. Punto y aparte son las terrazas de los bares, donde los clientes todavía no parecen tener muy claro la obligatoriedad de esperar con la mascarilla puesta a que les sirvan su consumición y de volver a colocársela una vez hayan terminado.

Había quienes aprovechaban el paseo matinal para debatir sobre la medida. En calle Larios, Lorenzo Fernández y José María González, mostraban sus puntos de vista ante lo que consideraban “una imposición”. “No es la medida más importante para acabar con el coronavirus”, consideraba uno de ellos, a quien parecía “abusivo tener que llevarla siempre, en cada momento”. “Si voy por una calle solitaria y no la llevo, ¿a quién perjudico?”, preguntaba. Los dos coincidían en que es más bien una cuestión de sentido común, aunque agregaban: “Es verdad que no todos los ciudadanos tenemos el mismo sentido común”.

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