Cultura

Amenábar contra el cine dionisíaco

  • Jordi Costa y Darío Adanti publican 'Mis problemas con Amenábar', un cáustico panfleto donde se cuestiona el discurso del director y se propone un cine "rodado con placer" como vía de salvación de la industria española

Jordi Costa y Darío Adanti salen del cine; acaban de ver Mar adentro, y es evidente que a ninguno de los dos les ha gustado, pero el cabreo del primero es de órdago. Como Adanti no se explica semejante mal humor, Costa, sentado cual Diógenes sobre un tonel, se dispone a explicarle en su vertedero favorito por qué ese muchacho, Alejandro Amenábar, es una "bestia megalómana y voraz", el "11-S del arte", el triunfal "simulacro del talento", su "Moby Dick" personal. Así arranca Mis problemas con Amenábar (Glénat), cómic publicado por entregas y en blanco y negro en el fanzine Mondo Brutto durante los dos últimos años y que se reúne ahora (en color) en un solo volumen coincidiendo con la llegada a las salas de Ágora.

El libro repasa los desencuentros entre Costa y Amenábar en festivales y otros saraos. "Todos son ciertos, aunque las emociones se han exagerado porque así lo requiere la sátira", explica el crítico cinematográfico y observador de las más variopintas manifestaciones de la cultura popular. Los garrotazos son inclementes: Tesis es el producto de un "mameluco que ha empollado un libro de Roman Gubern sin digerirlo"; Abre los ojos está llena de "niñatos haciendo de personas mayores"; Mar adentro es puro "sentimentalismo parroquial"... Y Ágora, añade Costa en conversación telefónica, se distingue por la "simpleza de sus argumentos y sus ideas reducidas a su expresión más elemental", con momentos "ridículos o directamente cómicos" cuando se aparta "de los esquemas más obvios".

Pero al margen de los divertidos y corrosivos estallidos de ira, Costa asume este cómic como una prolongación de su oficio de crítico. "Nos pareció que Amenábar era un fenómeno suficientemente grande para tratar de explicarlo. Es una lectura sobre ese fenómeno que no ha sido sometido nunca a discusión, y también sobre nuestra industria cultural y sobre cómo funciona la maquinaria del prestigio en este país", dice. En este sentido, cabe entender Mis problemas con Amenábar no como uno más de los productos oportunistas aparecidos al calor de Ágora, sino como un panfleto con la más noble de sus intenciones: provocar debate.

Y la tesis de Costa es la siguiente. En una cultura cinematográfica como la española, plagada de "cornucopias académicas" y en la que de vez en cuando surge "una disfunción de autor", en ese contexto de películas de "técnica deshumanizada", Amenábar encaja tan bien, "se ajusta tanto a nuestras debilidades patológicas culturales", que "parece un plan diabólico". "Lo lúdico, lo dionisíaco, lo placentero siempre ha estado aparte de nuestra cultura, que parece obligada a ser siempre grave y circunspecta. Y aquí Amenábar crea una paradoja: la de hacer películas de género desecadas de componente lúdico, películas vaciadas de alegría, con lo cual acaban pareciendo serias aunque no lo sean. Parecen hechas por HAL 9000, con la salvedad de que no hay una gran inteligencia detrás, y no hay más que escuchar con atención sus declaraciones", afirma Costa, que ya en las páginas del cómic habla del "fenómeno del tonto fascinante", que lleva a tomar su "simpleza" como píldoras de "sabiduría esencializada".

Por otro lado, matiza el crítico, lo que propone Mis problemas con Amenábar "no es una apología del cine difícil". "El debate no es cine espectáculo contra cine de autor, el debate es otro. El enfrentamiento sería entre un cine sin identidad y un cine que puede adoptar lo dionosíaco, el cine rodado con placer". En este terreno, aunque casi completamente orillados, hay autores que invitan a la esperanza, "aunque son talentos que tienen vetado su acceso a la condición de fenómenos en una industria al servicio de un modelo de cine muy parecido al de Amenábar".

Isaki Lacuesta (Cravan vs. Cravan, La leyenda del tiempo, la reciente Los condenados) o, en un plano "más mainstream", Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes), son para Costa ejemplos de "gente que ha entendido que la industria está cambiando y que apuestan por estrategias para renovar el lenguaje del cine".

Hay una viñeta feroz en la que el director aparece junto a José María Aznar y Ana Botella, a quienes se ofrece como su "Leni Riefenstahl", en su condición de "cineasta emblemático de la era del PP: joven, pulcro, aplicado, sin ideología". Aunque más tarde "el taimado Amenábar" supo "cambiar de piel". ¿Oportunismo? Más bien, afirma Costa, el resultado de un "proceso de transformación ideológica pasiva". "De manera que parece que nunca se ha cambiado de chaqueta. Su secreto es que nunca ha tenido ideología. Es como un conjunto vacío que cualquiera puede llenar como quiera. No creo que sea un ser maquiavélico; simplemente carece de identidad y se ha dejado querer... Y tampoco hay que negarle -concluye- su evidente competencia técnica y su capacidad de seducción narrativa".

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