Crítica de Teatro | 'Múltiple' Pervivencia del drama a tres bandas

Representación de 'Múltiple' en el Teatro Echegaray. Representación de 'Múltiple' en el Teatro Echegaray.

Representación de 'Múltiple' en el Teatro Echegaray. / Daniel Pérez / Factoría Echegaray

De entrada, Múltiple plantea un interesante juego metateatral del que su puesta en escena sale necesariamente beneficiada: en esta obra todos (o casi todos) los personajes manifiestan sentimientos bien distintos de los que realmente profesan o, para ser más exactos, construyen a su vez otros personajes, bien a modo de estrategia de supervivencia, bien para alcanzar determinados objetivos. A partir de aquí, la obra de Marga Dorao acude a la historia de una familia polígama (poligínica es el término aquí preciso) que se traduce en un revelador objeto triangular en torno al matrimonio, como campo de batalla entre la libertad personal, las aspiraciones compartidas, los frentes particulares y el conflicto (de nuevo teatral) entre la representación formal de la vida cotidiana y lo que realmente se es. Con las hechuras propias del drama, de las que no reniega pero que sí reformula a su gusto, Múltiple acude a un símbolo extremo para iluminar ciertas zonas incómodas de la vida en pareja, con lo que encontramos una manifestación viva y rabiosamente teatral, que sólo puede formularse en un escenario, y esto no es poco a estas alturas. Pero lo hace sin ánimo panfletario, poniendo sobre la mesa todas las claves posibles en el siempre espinoso asunto de la elección propia de forma natural, sin forzar la mirada: se le ofrece al espectador, como en el mejor teatro, un espejo en el que reconocerse, en el que hacerse preguntas y en el que dejar algo de sí mismo. Múltiple nos enseña también que precisamente el drama, en su acepción más clásica y en su preferencia por la no intervención, continúa siendo un instrumento válido y certero en este tiempo. Siempre, claro, que la principal aspiración sea la verdad. Y felizmente es el caso.

Julio Fraga plantea una dirección basada en la eficacia, servida con lo justo y crecida a la hora de quitar cualquier elemento sobrante. Si es cierto que los fantasmas de Ingmar Bergman y Tennessee Williams planean de vez en cuando, Múltiple apela a la imaginación del espectador en la medida en que opta más por evocar que por mostrar, con diferentes planos de acción servidos en una confluencia narrativa que convierte la dimensión poética en una ocasión enriquecedora, y aquí Fraga se lleva el asunto a su terreno con soltura y un preclaro sentido de su oficio. En una escenografía que, igualmente, sugiere más que enseña, así en su horizontalidad como en su verticalidad, el reparto aporta toda la verdad que requiere el drama (y más verdad cabe esperar en próximas funciones) en estado de gracia, riguroso y exigente, con un Miguel Zurita impagable en su feroz ejercicio apostólico. A esto, sí, se parece el teatro.

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