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El diario de Próspero | Teatro

La Zaranda: ante quien se vuelve el rostro

  • Eusebio Calonge practica en su libro ‘Aquí yacen (dramatis personae)’ un ejercicio de exhumación, prolongación y mutación de los personajes de su compañía, espejo fiel y necesario donde los haya

Una representación de ‘Los que ríen los últimos’ (2006), de La Zaranda. Una representación de ‘Los que ríen los últimos’ (2006), de La Zaranda.

Una representación de ‘Los que ríen los últimos’ (2006), de La Zaranda. / Barrionuevo

Si de pensar en los personajes de La Zaranda se trata, los primeros que se me vienen a la cabeza son los hermanos Zarandini, que protagonizaron Los que ríen los últimos y a los que vi allá por 2006. No sé si son los más logrados, los más redondos, los más perfectos en un sentido, digamos, dramático; pero sí figuran seguro entre los más representativos, en cuanto personajes, de la inagotable aventura artística y poética de la compañía que fue jerezana y andaluza y ahora es de ninguna parte, lo que significa que es de todas un poco. De alguna forma soy consciente de que aquellos artistas de circo representaron un antes y un después: si hasta entonces uno admiraba a La Zaranda, se emocionaba con sus obras y vibraba con su manera de hacer y ser teatro, a partir de los Zarandini aquello ya constituía cierto compromiso personal, algo más parecido a una fe que se profesa o una apuesta que se hace de por vida. Los hermanos Zarandini buscaban a su padre en un mundo de montañas de basura que, vistas desde arriba una vez emprendido el vuelo, apenas parecían puñaítos. Entre la posibilidad de trabajar para las ratas y la de hacerlo para el padre, ellos hicieron su particular apuesta. Pasado el tiempo, vistas después Futuros difuntos, El régimen del pienso, El grito en el cielo, Ahora todo es noche y la última, El deguace de las musas, entre otras obras no menos esenciales, va quedando claro que de hecho el de La Zaranda no es un teatro que se pueda ver de lejos, de refilón, desde la superficie. No es un rito en el que puedas sentarte en el último banco a esperar a que termine: hay que comulgar. Pero no por una cuestión de adscripciones ni de géneros, sino porque el teatro, el buen teatro, el que de verdad importa, funciona así. Ya Aristóteles se refería al teatro como una representación de la vida, y la vida es así, se da entera o no se da, no entiende de medias tintas. Pues bien, La Zaranda ha logrado esta fidelidad, en gran medida, gracias a sus personajes, alumbrados de un modo diametralmente opuesto al seguido para la inmensa mayoría de los personajes del teatro y, por extensión, de la ficción al completo.

'Ahora todo es noche' (2018). 'Ahora todo es noche' (2018).

'Ahora todo es noche' (2018). / Gerardo Sanz

Viene todo esto a cuento porque acaba de publicar Eusebio Calonge, autor de las obras de La Zaranda desde hace más de treinta años, su libro Aquí yacen (dramatis personae) (Pepitas de Calabaza), en el que practica un cierto ejercicio de exhumación, prolongación y mutación mediante su traslación al papel. Apunta Calonge que si en el teatro “las palabras no se detienen”, la escritura posterior sobre los personajes permite volver a los mismos “ ya sin el refugio actoral, arrumbados en la memoria, las suelas de sus zapatos desgastados de ir y venir por sus sueños, a modo de responso prosaico”. En el fondo, los textos del autor se parecen bastante a las ideas que cualquier espectador que se precie rumiará durante varios días después de la correspondiente función de La Zaranda (en ese repliegue del autor hacia sus propios personajes hay mucho de una posible toma de postura como espectador, lo que no deja de entrañar un requiebro interesante), y de hecho Calonge deja el espacio necesario para que el ahora lector se siente a la mesa y desempeñe sus aportaciones precisas. El Aquí yacen evoca, claro, una calidad funeraria, lo mismo en un panteón que en una fosa común; pero también un apego de la memoria, una afirmación de la resistencia. Frente al viejo dilema del ubi sunt, los personajes de La Zaranda, derrotados, desplazados al margen y finalmente confinados en la despedida, responden sin dudarlo: aquí. Porque es en esa derrota, en esa reducción al mínimo gesto que sin embargo perdura, donde lo humano encuentra su expresión más propia. La Zaranda es la brizna final de esta criatura en un mundo donde el ser humano ya no cuenta, no cotiza, no aporta, no vale la pena, pero en ese permanecer todavía, en un lugar tan al margen de las grandes decisiones como el teatro, se encuentra su razón de ser, como para dejar constancia de nosotros allí donde nadie nos echará de menos. Por eso los personajes de La Zaranda parecen grotescos y extravagantes, en ese andaluz cerrado con el que hablan. Un poco como el modelo de hombre que proponía el profeta Isaías, golpeado, marginado, estimado en nada, ante quien se vuelve el rostro para no tener que mirar tan desagradable espectáculo. Estos personajes también evocan aquellos versos de Claudio Rodríguez: “Qué sacrilegio este del cuerpo, este / de no poder ser hostia para darse”. Seguiremos mirando. Por la cuenta que nos trae.

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