Cultura

El improbable camino a la redención

Tal vez sea uno el que le pone las ganas y el entusiasmo a una posible redención de Jim Carrey, sobre todo tras aquella deliciosa Olvídate de mí de Michel Gondry en la que el insoportable histrión de las mil muecas daba un inopinado giro de contención y mesura que lo convertía, quién lo dijera, en un tipo entrañable y hasta en un actor redescubierto para nuevos registros. Tal vez sea uno el que quiere ver en esta Di que sí un nuevo paso hacia la reconversión de Carrey, como aquél que también diera, aunque sólo fuera momentáneamente, Adam Sandler en Embriagado de amor, de Paul Thomas Anderson, película con la que, también y ahora, queremos ver ciertas conexiones en su adscripción satírica, excéntrica y romántica.

Sea como fuere, y dejando al margen nuestras propias ilusiones y proyecciones, Di que sí tira de repertorio usado para recuperar un viejo argumento made in Carrey, a saber, el del tipo que se ve obligado a decir siempre que sí (en Mentiroso compulsivo se trataba de decir siempre la verdad) como terapia de readaptación social y ponerlo en juego junto a una historia de amor entre raritos y solitarios (la loca dulzura de Zooey Deschanel, sin duda, el gran descubrimiento del filme, nos recuerda inevitablemente a la de Emily Watson en Embriagado…) con la ciudad de Los Ángeles y su cultura urbana como telón de fondo.

Presa de sus propias limitaciones de guión, la película de Peyton Reed (Abajo el amor, Separados) no consigue despegar hacia el terreno de la verdadera locura que sus personajes le ofrecen (pensemos, por ejemplo, en el predicador del optimismo que interpreta un desubicado Terence Stamp), amansándose secuencia a secuencia hacia el inevitable happyend romántico y optimista. Y uno que pensaba que estábamos riéndonos de esas terapias de autoayuda para peterpanes empedernidos.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios