Análisis

Gumersindo Ruiz

En los laberintos de la piedad

Encuentro una publicación antigua del Vaticano titulada: Un directorio sobre la piedad popular y la liturgia, disponible en Internet, donde se valoran las expresiones simbólicas de besar y tocar imágenes, respetar lugares, reliquias y objetos religiosos, peregrinar, andar descalzo o de rodillas, postrarse, llevar medallas, y, desde luego, las procesiones. Pero estas expresiones de sentimiento religioso se ven con recelo si no están sujetas a la liturgia de una religión -y no necesariamente, así se dice, la cristiana-, pues las exageraciones pueden llevar a que la celebración sea un fin en sí mismo, con un público que siempre quiere la imagen de la pasión, no la pasión misma (la frase es de Roland Barthes); y la adoración de imágenes se convierta en una suerte de politeísmo en religiones que se distinguen por la fe en un dios único. La piedad popular se define pues como un sentido innato de lo sagrado y trascendente, en forma de un único creador providente, misericordioso, y con una presencia constante. Hay en esto alguna similitud con la sugerencia de María Zambrano en Para una historia de la Piedad (editado por Salvador López Becerra, Torre de las Palomas), de que la piedad no es amor, caridad, ni compasión, sino un sentimiento ancestral de tratar con lo que es diferente, con lo radicalmente otro para nosotros. No hay aquí referencia a lo divino, pero sí a lo misterioso, y la peculiaridad de personas, el mundo, las cosas, con comportamientos y lógicas que no entendemos, desazonantes, distintas a la nuestra, y que intentamos tratar con una mezcla de tolerancia, compasión y justicia, que no llegan a ser lo que ni María Zambrano ni la Iglesia tienen en mente como piedad.

Hacía tiempo que no oía hablar del Rome Call, el manifiesto firmado en su día por el Vaticano y figuras destacadas del sector sobre una ética de la inteligencia artificial (IA), pero Madhumita Murgia, desde el Financial Times lo pone de actualidad al cubrir la reunión en Roma de las tres religiones que tienen su raíz en Abraham, representadas por el arzobispo Vincenzo Paglia, el rabino Eliezar Simha, y el jeque Abdallah bin Bayyah, para reforzar y actualizar esa ética. Una combinación de los principios conocidos y lo que ahora se avanza podría sintetizarse en exigir a la IA los seis rasgos siguientes: transparencia en todos los niveles de su desarrollo; que pueda comprenderse y reproducirse evitando monopolios; que siempre haya alguien directamente responsable, pues no son las máquinas sino los humanos los responsables de lo bueno y lo malo de la IA; que no sea una nueva fuente de desigualdades entre quienes tienen acceso a tecnología y los que no; que de información imparcial y confiable, lo que sólo se logra mediante regulación y escrutinio público; y que ofrezca seguridad y privacidad, lo cual debe controlarse. Quizás es muy forzado hablar de una piedad hacia la Inteligencia Artificial, extraña a nuestra naturaleza, pero omnipresente ya en lo cotidiano, esperanza de maravillas y temor a un poder imprevisible, pero es buena ocasión esta semana para la consideración de misterios y asuntos trascendentes, ya sean en el ámbito de lo divino, o de lo puramente humano, más allá de la razón y de lo comprensible.

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