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Una de las paradojas que inquietan a la sociedad de hoy -al menos a la que se considera en la vanguardia de los avances- es aquella que le plantea la punzante comprobación de que el placer, algo tan alcanzable ahora, no conduce necesariamente a la alegría. Nuestro mundo, fácil de vivir en comparación con otras épocas, resulta, al tiempo, un lugar demasiado inarmónico y gris, en el que, para asombro de muchos, prolifera la tristeza, una insatisfacción creciente que amenaza con alejarnos de ese ideal sereno y equilibrado que cada cual persigue.

Dos conceptos aparentemente incompatibles -bienestar y depresión- conviven sin dificultad en esta hora desconcertada, permitiéndonos intuir que tal vez existan entre ellos extrañas relaciones. Acaso su coincidencia nos avisa, además, de que estamos equivocando el camino, de que confiamos en exceso nuestra suerte al disfrute de las cosas, como si éstas pudieran colmar cuantos anhelos nos acucian. No sabe el alma, en cambio, de patrimonios: casi nada resuelven ellos en ese desesperado encuentro con el espejo, en esa cita inaplazable que nos descubre exactamente lo que somos.

Desde antiguo, conocen los pensadores que la tristeza se contrapone a la alegría, pero no inexorablemente al placer. Afirmaba Leibniz, por ejemplo, que durante la más profunda tristeza y en medio de las más amargas penas se puede experimentar algún placer; de la misma manera -observaba- también en los más agudos dolores el espíritu puede manifestarse alegre. No hay, pues, una fórmula que garantice la llegada segura de la alegría. No, desde luego, a través de la búsqueda exclusiva del placer, sucedáneo falaz de tanto uso, abuso y fama en nuestros días.

El siguiente texto de Henri Bergson aclara bastante: "El placer no es más que un artificio imaginado por la naturaleza para obtener del ser vivo la conservación de la vida; no indica la dirección en que la vida está lanzada. Pero la alegría anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha ganado terreno, que ha conseguido una victoria: toda gran alegría tiene un acento triunfal".

Ése, entiendo, constituye el verdadero problema: no somos ya capaces de distinguir la experiencia placentera del sentimiento de alegría, aceptamos con fe absurda que la una nos llevará al otro, nos conformamos con el bálsamo fugaz de aquélla y, permaneciendo tercamente en el engaño, parece, incluso, importarnos poco la posible pérdida de nuestra propia cordura.

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