Cenacheriland

Cafés asimétricos

A la moda todo tonto se acomoda. Me siento modernícola por incorporar GPS al manillar de la burra

El instante mitad doble es un género columnista de Cenacheriland. Más ahora, que la diáspora teletrabajadora ha repoblado las cafeterías de barrio con renovada intensidad minutera. Entre videoconferencias y mensajería de chats se nos pasa la jornada empantallada en el remozado hábitat de la madriguera-oficina. Para los señoros este entorno de píxel en babuchas da lugar a equívocos subsanables. El poder de la tinta ya sea electrónica o de deslocalización china, alcanza la categoría de evangelio. Los malentendidos nos pueden poner peleones leonados a imitación de San Marcos, aguilillas como san Juan, boyeros pacientes a lo san Lucas o humanos, incluso angelicales, en plan san Mateo. Por mucho emoticono o guiño de me jiño en tus muelas, los neotiesos preferimos el me lo dices a la cara. Las cosas de la transpiración y los microgestos, expresiones faciales que ayudan a tasar el paño. En persona advertimos más matices mamíferos para comunicarnos con buena onda o peor bronca. Para mitigar los episodios de telesoledad esteparia, vacuna estirar las piernas hasta la cafetería de abajo. Dar rienda y brasa a la camarería a la sombra de la penúltima línea de playa. También ojear titulares, sintonizar el tímpano de tísico y olfatear lo que se cocina a la plancha de la actualidad, poco bueno. Confraternizar con los obrerés que se aprietan los pitufos para descansar del martillo neumático y la hormigonera. Estos momentos de café son asimétricos. Ya con vistas al litoral hostelero el paisanaje es exótico. Guiriadianos en pantalón corto y cristales oscuros que degustan sus correos electrónicos con aguacate al sol. No sé cómo lo hacen para descifrar la pantalla con tanta luz ya sea en el computador portátil o el smartphone, pero ahí los tiene inmóviles como iguanas contemplando el oleaje de corredores en mallas entre tecla y conversación. Parecen locos que hablan solos, pero si se fija tras las melenas ocultan los auriculares con micro. Susurros de la nueva economía. A la moda todo tonto se acomoda. Como viejenial me siento modernícola por haber incorporado un GPS al manillar de la burra. Cuál fue mi horror al contemplar acoplado un soporte con teléfono móvil en la barra de una sillita de bebé. La criatura no sabría andar, pero ahí estaba abducida, amarrada a la pantalla. Ni un grito, ni una molestia, solo la musiquilla inquietante de esa nueva tata virtual. Sucedió tomando café, asimétrico y muy distópico; insisto.

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