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Cuidemos a las cuidadoras

Para sobrevivir como especie y como individuos, además de la razón y de los sentimientos, los humanos nos hemos valido de la empatía, de la capacidad de conmovernos con nuestros semejantes, de ayudarnos y protegernos unos a otros, no solo durante la infancia, sino cuando heridos o enfermos no podríamos sobrevivir sin los cuidados del otro. Esa capacidad de cuidar nos ha salvado. No descubro el Mediterráneo si digo que el esfuerzo y la entrega que exigen esos cuidados han recaído tradicionalmente en la mujer (y dentro de las mujeres, en las más pobres). Así, desposeídos del aura del trabajo, sin la contraprestación de un salario, por muy raquítico que sea, en general el valor de los cuidados ha pasado desapercibido, casi invisible en la consideración social. Tampoco les descubro el Mediterráneo si digo que para proporcionar los cuidados informales del hogar (alimentos, abrigo, higiene personal, compañía, orden y sosiego…) se requieren ciertas actitudes, y que en la complejidad técnica actual, hay cuidados en los que además se requiere una formación determinada; es decir, unas aptitudes específicas. En el caso de los sistemas de salud, estos cuidados formales que requieren conocimientos técnicos, capacidades y habilidades específicas, son provistos por la enfermería.

Como nos advierte la OMS, a propósito de las consecuencias devastadoras de la Covid-19, la mezcla de miedo, incertidumbre, aislamiento y crisis económica es una bomba que puede ocasionar una auténtica pandemia de trastornos mentales. Hay que prevenirlos, tomando medidas que palien ese posible efecto y que -a la par- sirvan de apoyo y consuelo a los más vulnerables, a los que la crisis ha tratado con especial saña, y desde luego a los que padecen trastornos mentales graves y a sus familias. En este sentido, hay que aumentar ya las partidas presupuestarias para paliar las carencias de nuestro sistema de salud, incluidas las de salud mental. Por cierto, en salud mental, dada la especificidad de las tareas que se llevan a cabo y teniendo en cuenta la importancia que se da a la consideración biopsicosocial de los pacientes, los cuidados formales deben ser provistos por las enfermeras especialistas en salud mental. Así está reconocido. Sin embargo, en Andalucía, ni con el PSOE ni con el PP se ha conseguido ese objetivo. Y usted, perspicaz lector, ya se habrá preguntado por qué, incluso habrá adelantado una respuesta: porque no tenemos suficientes enfermeras especialistas en salud mental. ¡Ah, eso parece razonable! Pero va a ser que no… Tenemos especialistas suficientes. Es más, hace 20 años se aprobó oficialmente esa titulación y, desde entonces, a cargo de nuestro presupuesto, formamos en calidad y cantidad suficientes enfermeras, que al no ser tenidas en cuenta, pues el gobierno -en su lugar- contrata enfermeras no especialistas, se ven obligadas a emigrar a otras comunidades o a Europa, con lo cual les prestamos un servicio de alta cualificación y les ayudamos a ahorrar un poquito.

Ha llegado la hora de que también las cuidemos a ellas, a las cuidadoras informales y formales, y desde luego a los profesionales sanitarios, incluido los de salud mental, no con palmaditas al hombro ni con sesiones de Mindfulness corporativos, como los que pretende poner en marcha el SAS (que no digo que no sirvan para nada), sino con inversiones en salud y con mejoras en las condiciones laborales de sus profesionales.

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