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Discreción

El juez Llarena se ha limitado a dar al país una lección de discreción y deber puntualmente cumplido

Provoca sorpresa y llena, además, de satisfacción que un funcionario español, a estas alturas de los tiempos, lleve a cabo su labor de manera callada, silenciosa y eficiente. Pero aún hay más: no ha circulado de él una sola foto, no se ha permitido un comentario fuera de tono, ni un aspaviento que ponga en entredicho sus palabras. Cabe pensar, pues, que es un lector convencido y adicto a una de las más bellas obras de la literatura española: El discreto, de Baltasar Gracián. En esas breves páginas, espléndidamente escritas, está recogido el manual de comportamiento y programa de vida que más iluminó a Nietzsche. Este filósofo lo tuvo, mucho tiempo, como su mejor libro de cabecera. En él debió aprender que la búsqueda del reconocimiento -¡esas trampas que se esconden tras las fotos y la fama!- ocultan siempre inconfesables carencias. ¡Y cuántos tristes ejemplos de ese tipo hemos padecido en tiempos recientes en Andalucía!

Por fortuna para la situación crítica que vive España, el juez Pablo Llarena no se ha dejado tentar, de momento, por exhibicionismo alguno. No se sabe si es un hombre austero, soñador, frío, infatigable, disciplinado, si cultiva algún vicio o le gusta el fútbol, pero ya es de agradecer que su imagen pública permanezca inédita. Se ha limitado a dar al país una lección de discreción y deber puntualmente cumplido. Eso era lo que se le reclamaba y lo ha realizado con aire sabio y prudente.

Quizás sea esta la revolución que España necesita: funcionarios eficientes, que lean bien sus papeles y sepan aplicar sus responsabilidades. Enderezar al país está en sus manos, pero no por eso deben convertir su labor en un continuo espectáculo. Como ha sucedido en el caso de Pablo Llarena, frente a la secesión catalana, no hacen falta ni héroes providenciales, ni líderes carismáticos, sino responsables del Estado que crean en sí mismo y tengan convicciones. Si, además de todo eso, se lee a Gracián, todo se explica mucho mejor. Pero cuando menos, de momento, parece haberse enderezado la negativa deriva por la que nos adentrábamos. Estaría muy bien que cundiera el ejemplo y El discreto de Gracián (hay muchas y buenas ediciones de bolsillo) pasara a ser el nuevo libro de referencia para esta Primavera, tan necesitada, por una parte, de mesura festiva, y, por otra, de ilusiones productivas.

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