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He leído con detenimiento el discurso que el rey Felipe VI pronunció en la solemne sesión de apertura de la XIV Legislatura. De su texto, más allá de las palabras acostumbradas, me quedo con las ideas centrales que responden a dos cuestiones básicas: qué somos y qué no debemos ser.

De lo primero, el Rey nos recuerda el inmenso esfuerzo colectivo que nos llevó a construir un marco político -el marco constitucional- con clara vocación integradora e incluyente. La España constitucional nace del diálogo y el acuerdo y proyecta esos mismos valores hacia el mañana. Nuestra propia configuración como Estado Social, Democrático y de Derecho resume mejor que nada el objetivo de estructurar un país moderno, capaz de acoger diferentes formas de entender y sentir España, respetuoso de la pluralidad y diversidad territorial y garante de una convivencia serena, cooperativa y pacífica. De ello, él se postula como primer defensor: un Rey comprometido con la democracia y la libertad.

De lo segundo, quizá más como diagnóstico que como advertencia, el Monarca señala que "España no puede ser de unos contra otros". Debe ser de todos y para todos. Ante la deriva frentista que gana prosélitos en la política española, es indispensable reiterar el absurdo de una sociedad calculadamente maniquea, de rojos y fachas, de enemigos y no de adversarios, de trincheras que dividen e imposibilitan el intercambio fluido de horizontes y propuestas. Los parlamentos en las democracias representativas sólo tienen sentido como lugares de encuentro, en los que la discrepancia ni estigmatiza ni aparta, sino que busca -y ha de hacerlo incansablemente- la mejor forma de operar el interés común. Es éste el logro que deben perseguir todos y cada uno de los parlamentarios. No es casa para imponer los divergentes intereses privados; no se trata de vencer al otro, sino de hallar caminos transitables para la más amplia mayoría. Comprender eso, saberse depositario de un futuro que será común o no será, templa los ánimos, modera los argumentos y racionaliza el debate, ausente así de descalificaciones yermas, odios estúpidos y metas empobrecedoramente unívocas.

En la España de Felipe VI, que es la mía, tienen todos sitio. Hasta los que, con estomagante teatralidad, se autoexcluyeron el pasado lunes. Es, al cabo, lo que fundamenta la verdadera grandeza de un sistema que, por definición, ni expulsa, ni demoniza, ni de nadie, puerilmente, reniega.

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