Sin maldad

Instituciones robustas

La actitud negligente, irresponsable y condenable del Rey ha dilapidado lo que se intentaba construir

Los constitucionalistas que no sentíamos ningún entusiasmo por la monarquía tenemos motivos para sentirnos frustrados. La renuncia a la república en el pacto constitucional fue sin duda una contribución esencial para hacer posible la instauración de la democracia en España. Se abandonaba una reivindicación histórica, cargada de simbolismo, para hacer viable un proyecto de convivencia democrática entre los españoles. A partir de ahí acatamos, respetamos e incluso defendimos la institución personalizada en Juan Carlos I con lealtad y responsabilidad. Pensamos que era posible construir una monarquía moderna, accesible, impulsora de la libertad que diera cohesión y fortaleza a la frágil democracia. Y hay que reconocer que durante bastantes años fue así. Con el apoyo de los partidos políticos, del Parlamento, de las instituciones, de los medios de comunicación y de la actitud del propio titular de la Jefatura del Estado parecía que habíamos conseguido superar uno de los grandes problemas históricos del país. Todo eso ha saltado por los aires. La actitud negligente, irresponsable y condenable del Rey ha dilapidado lo que se intentaba construir sin más motivación que su propio capricho y avaricia.

Pero la frustración no es un elemento de construcción del futuro ni la actividad política puede consistir en la formulación de deseos inalcanzables. La realidad impone su criterio y esta hace inviable cualquier alteración de la estructura de Estado que tenemos a corto y medio plazo. El camino constitucional de su modificación, (cualquier otra vía sería aún peor) requeriría una composición parlamentaria que dista mucho de la actual y por tanto haría impensable que prospere cualquier propuesta de cambio. Esto es evidente. En la compleja y delicada situación actual alentar una confrontación que no prevé una solución satisfactoria solo serviría para ser un elemento más de enfrentamiento y crispación social. Superar los errores cometidos pasa por entender que la robustez de las instituciones, no puede basarse ni en el silencio mayestático ni en la opacidad ni en el arrobamiento dinástico. Solo cuando ninguna institución pueda escapar al análisis, el control y la crítica de la sociedad y esto no parezca un atentado a la esencia de nuestro esquema constitucional estaremos fortaleciendo nuestro sistema político e iniciando la recuperación de un consenso que la irresponsabilidad personal de Juan Carlos I ha estado a punto de romper.

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