La vida vista

Revolución

Coger el toro por los cuernos significa aceptar que hay toro; o sea, asumir que muchas políticas han sido una mierda

El informe PISA se hizo público ayer y de nuevo volvió a sacarle los colores al sistema educativo andaluz. Terribles resultados en casi todos los ámbitos, hasta el punto de colocar a los estudiantes de la comunidad autónoma en las posiciones de cola tanto en comprensión lectora como en Matemáticas o Ciencias. Mínimos avances, cuando no retrocesos, y que no sirven para reducir la distancia que existe en cuanto a resultados de nuestra educación y la de otras comunidades, algunas no muy lejanas ni en lo económico ni en lo geográfico. Supongo que ahora, conocido el dato, vendrán las dos primeras oleadas: una de escurrir el bulto y una segunda de autocomplacencia y olvido. Ya saben: a otra cosa mariposa que Susana anda en otros menesteres. La Junta, en fin, ha seguido esa mecánica otras veces y no es de extrañar que ahora también se niegue a coger el toro por los cuernos. ¿Y por qué si es su obligación? Pues porque coger el toro significa aceptar que hay toro; o sea, asumir que las políticas educativas del PSOE han sido una mierda (y lo digo claro para no haya problemas con la comprensión lectora) en múltiples aspectos. Aceptar los errores sería de valientes, pero en política cunde lo contrario: la cobardía. Gente que se suele quedar contenta con planes mediocres de mejora como el que presentó el otro día la consejera y que no son sino un más de lo mismo: reiteraciones, abstracciones y esa pedagogía líquida que tanto gusta por aquí. Y eso ya no cuela. Andalucía ha ponerse como reto mejorar su educación y situarla en la más alta jerarquía de su política. Las auditorías, de hecho, no deberían ser sólo externas sino también internas, y sin hacerse trampas al solitario como por aquí suele hacer el sociajuntismo cuando se autoabsuelve una y otra vez. Padres y profesores hemos de exigir, por nuestro lógico interés y por obligación moral, que Andalucía se deje de gaitas y afronte al fin una revolución educativa que vaya más allá de repartir pizarras digitales. Esta es la revolución que nuestra tierra merece y no tanta revolución de pan duro y pandereta. Y es que o hacemos esta revolución o la revolución que vive el mundo nos comerá a nosotros. Material humano hay para trabajar, pero nadie puede salir de un círculo vicioso si, como aquí ocurre, se niega a reconocer sus vicios.

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