Las tradiciones tienen su lado bueno y su lado malo. No podemos negar que nos dan consistencia como comunidad, porque de una u otra manera han surgido de los usos y costumbres de la propia comunidad. Como las creencias, las costumbres o el arte de un grupo, las tradiciones son algo así como un a especia de folclore que hemos heredado, que nos hermana con nuestro pasado y nos hace sentir elementos necesarios del devenir del grupo del que formamos parte. Sin olvidar que las tradiciones son también parte de nuestro patrimonio, un valor que siempre deberíamos de preservar y del que, en concreto en Granada, se pueden obtener grandes beneficios y no solo en lo que se refiere a cuestiones económicas. Lo malo de las tradiciones es que pueden perder su sentido al cambiar la sociedad, y que sean solo motivo de polémica, como ocurre desde hace unos años con la festividad de la Toma. Aunque el hecho o uso que dio origen a la tradición haya cambiado completamente su valor original, la tradición puede no perderse, sino que, con mucha frecuencia, se transforma y adapta a la sociedad en la que pervive. En nuestro país, la mayoría de tradiciones que seguimos celebrando de forma multitudinaria tienen su origen en antiguos ritos de los pueblos que poblaron la península ibérica, pasados por el filtro de Grecia y Roma y tamizándose finalmente por el cristianismo, hasta su versión actual.

Las tradiciones que son útiles a las sociedades en las que se mantienen han de cumplir un objetivo primordial: deben aglutinar a la colectividad, crear vínculos entre las personas que la componen. En caso contrario, en el de que una tradición sea causa de disputas o enfrentamientos, es fácil que acaben por desaparecer. O por transformarse.

En ese proceso de transformación influyen diversos factores. Quizá el más obvio: la propia transformación social. En la sociedad española de los años 40 podía ser aceptable lancear un toro hasta matarlo o tirar una cabra desde un campanario. Los cambios en la sociedad han hecho que ambas tradiciones se vean envueltas en polémica y evolucionen, de muy distinta forma en estos dos casos. Podríamos poner muchos más ejemplos, unos más cercanos y otros más lejanos; unos recientes y otros ya casi olvidados. Y todo ello sin entrar a debatir sobre los procesos de aculturización o de imperialismo cultural, que son un tema cada vez más candente y controvertido.

Pero lo relevante es que las tradiciones son necesarias, que son socialmente útiles: nos dan sentido de pertenencia, crean sentido de colectividad. Pero no pueden ser propiedad de nadie: una parte no puede apropiarse del valor que encierra esa tradición. Y mucho menos pueden servir para enfrentar a una comunidad, lanzándonos como dardos unos u otros valores que encierra el rito en el que ahora la escenificamos. Estamos obligados a encontrar salidas consensuadas.

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