Paisaje urbano

El capillita impaciente

Corran a buscar la túnica en el altillo porque, como diría el pregonero, ya está la primera en la Campana

Los negros nubarrones que trae el otoño, que este año viene con más prisa que nunca, como si quisiera quitarse de encima por la vía rápida la insoportable dictadura del PCR que al que más y al que menos ha tenido anclado a la playa más cercana, atisban sin embargo un rayo de luz entre tanta zozobra, que se nota en las cifras bajas de los contagios, en la alegría despreocupada de los niños en el cole, en el sonido casi olvidado de las ruedas de los troleys que deambulan por la ciudad. Más que la normalidad, lo que es nueva es esta actitud con la que el personal encara el nuevo curso, oficialmente sancionada por el flamante Arzobispo de Sevilla con el reciente Decreto que abre la posibilidad de celebrar actos de culto público, vulgo sacar los pasos a la calle.

Cuentan que en Palacio estaban con la mosca detrás de la oreja por la forma en que se han llevado a cabo determinados cultos autorizados por la autoridad eclesiástica bajo los condicionantes del Decreto anterior, y que al parecer han relajado las disposiciones de aplicación, para tormento de los tiquismiquis. A más de uno, no cuesta imaginarlo, se le han ido los pies todo de azul enchaquetado bajo las andas, imaginando con los ojos cerrados que a esa misma hora estaría entrando con su Cristo en la campana, en plenitud de cornetas y tambores. Yo mismo asistí el sábado a una exaltación organizada por mi hermandad, y oyendo el discurso emocionado del bueno de Víctor García Rayo acompañado de nuestra banda del palio, por un momento me vi delante de mi Virgen en la calle Orfila.

Y es que cuando, aun en la incertidumbre de este virus correoso, prima de repente el optimismo, todo se vuelve más cercano y, casi sin sucesión de continuidad, aquel político que parecía apocado emerge como principal baluarte de la recuperación, y aquellos planes de salida que parecían retornar tristes al cajón vuelven a tomar vuelo, y aquellas hermandades de gloria (nunca su nombre sonará tan bien como este año) resignadas un año más a quedarse en la discreta capilla, incluso aplazan el día de la salida para ser protagonistas de eso que ya parece algo más que un sueño. Si ya de por sí las cofradías son como un reloj que cuenta las horas al revés, este curso anuncia emociones desde bien temprano. Así que corran a buscar la túnica en el altillo porque, como diría el pregonero, ya está la primera en la Campana.

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