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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

El 'efecto cochino'

Dejar de ejercer y exigir la inspección, promoviendo el 'autocontrol', fue una negligencia: no somos Noruega

La triada de enemigos del alma -antes "del hombre"- que memorizábamos en la catequesis de la infancia tiene hoy una relectura jugosa. El mundo, que es sinónimo del planeta Tierra, está hecho un hervidero y un sumidero de plásticos y mierda que sus actuales habitantes hegemónicos, los humanos, producimos y tiramos sin parar: el enemigo éramos nosotros. El demonio está por todos lados, siempre fue así, y cada día más los demonios se erigen en los líderes. Lo cual no es nuevo, es cierto: lo nuevo es que ahora más de uno, y de dos, gobierna con los votos de la gente, y no sólo por las armas del tirano y del totalitarismo de todo signo. La carne, en fin, está muy entredicho, y mientras que el catecismo se refería -lo entendí tarde, gracias a Dios- a la propensión al sexo, la ganadería es sospechosa de colaborar con notable influencia en tal maltrato del mundo: en el cambio climático (algunos todavía consideran que aludir a este hecho y reconocerlo es una cosa de progres y niñas suecas ecologistas y raritas a quienes les faltaron dos buenas leches parentales y con toda su lactosa). Hablemos de carne. De carne de cochino.

Anteayer domingo en estas páginas, Jorge Muñoz atinaba al constatar que, frente al control externo o público, el autocontrol en la prevención sanitaria de la industria cárnica es algo mucho más aplicable en lugares como Escandinavia que aquí, donde el granuja ostentoso, el espabilado que aún presume de serlo y la persona sin escrúpulos -incluso con respecto a sus hijos apenas mayores de edad, a quienes puede marcar la vida por sus manejos escriturales- daña con fuerza la consideración social del empresario, sobre todo si recordamos que estamos en una tierra donde mucha gente -no sólo una cierta izquierda neosacerdotal- considera al empresario como alguien culpable a priori de ser un aprovechado. La empresa Magrudis ha tenido un efecto cochino aún difícil de evaluar sobre la consideración social del empresario. Y no digamos sobre la industria cárnica, no sólo la transformadora. Las autoridades de la Junta van a imponer que dichos controles externos los costee la propia empresa: la gaita del autocontrol era un buenismo que enmascaraba un ahorro público en inspección y medios; un ahorro a la postre ruinoso. Esto es, que paguen los buenos por la alarma creada por uno que lo hizo muy mal. Porque ustedes dirán cómo empresas medianas del sector van a hacer frente a esta imposición administrativa de urgencia y canguelo. Con la ruina que tienen encima.

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