Memorias antequeranas

El Instituto Pedro Espinosa tenía su sede en el histórico palacio de los Condes de Castillo del Tajo

Lo que hay detrás de la tragedia

El Cristo del Farolillo
El Cristo del Farolillo

01 de febrero 2026 - 07:05

Pronto, según me contaba Lucio, comenzó a sentirse atraído, y en muchos casos asombrado, por la ciudad y las personas y personajes que fue conociendo. Recuerdo muy bien el antiguo instituto que lamentablemente fue derruido para hacer el actual edificio moderno y funcional, aunque de notable factura arquitectónica. El Instituto Pedro Espinosa (nombre que le viene por el poeta del Barroco español y uno de los miembros de la Escuela antequerano-granadina del Siglo de Oro) tenía su sede en el histórico palacio de los Condes de Castillo del Tajo. En él se refugiaba una parte importante de la historia de Antequera y de sus hijos.

Aparte de mi grupo de amigos y compañeros, no podré olvidar la plantilla de profesores que tuve y menos aún al célebre y entrañable bedel, el Sr. Alarcón, en cuyas manos estaba el buen funcionamiento del instituto. Me sorprendió el catedrático de matemáticas Don Umberto Salmerón, que era natural, o al menos eso se decía, de Cartajena. De él corría la leyenda de que fue profesor de la Complutense en Madrid, tras la Guerra Civil fue preso, y después represaliado con un destierro en Antequera con plaza en el Pedro Espinosa. Nada de eso contó él, si bien intercalaba, entre una integral y su derivada, algún que otro comentario político no convencional ni conveniente con el régimen. Decían que solía levantarse muy temprano, caminar durante unas horas y después ducharse con agua fría, algo de mucho mérito y valor, porque en Antequera, en invierno, hace un frío que te salen sabañones hasta en las pestañas.

Tampoco puedo olvidar las clases de filosofía con la señorita Tere o las de literatura con la señorita Virginia, ni las clases de ciencias naturales con Don Ángel, que fue director del instituto y tenia unos bigotes parecidos a los de Hércules Poirot. Pero a la catedrática que nunca olvidaré, aunque no fue profesora mía porque yo estudiaba el bachiller de ciencias y su disciplina eran las lenguas clásicas, o sea, latín y griego, es a la señorita Conchita. Llegó a ser la directora del Instituto y, entre sus muchas virtudes, y conocimientos de humanidades, estuvo la de promover entre los alumnos, conferencias, a las que asistían de oyentes compañeros y catedráticos, teatro, montó una compañía, en la que yo participé como actor, co-director y ejecutor de los decorados, pues me encargué de pintar las bambalinas ꟷse emocionó Lucio rememorando este capitulo de su vidaꟷ que dieron forma al escenario donde se desarrollaba la acción. Ese trabajo junto a Conchita hizo que llegáramos a tener cierta amistad, aunque siempre salvando las distancias entre la catedrática directora y el alumno, además de la diferencia de edad. Ella era viuda con un hijo pequeño y rondaría los 27 ó 30 años.

Pusimos en escena la obra “La barca sin pescador” de Alejandro Casona, en la que me asignó el papel de Caballero de negro, o sea “el diablo en persona”, en el Teatro Torcal de Antequera y fuimos por varios pueblos de Andalucía, entre los que recuerdo a Campillos, por el desastre que fue tener que improvisar un escenario en mitad de una plaza. En otra ocasión representamos en el mismo Teatro Torcal, el célebre sermón del “Cura de Cucugnan” (el Abate Martín), escrito por Alphonse Daudet en su obra “Cartas desde mi molino”. Aquello ꟷsiguió contándome Lucioꟷ me resultó realmente divertido. Yo interpretaba al Abate Martín, para lo que me dejó prestada una sotana el cura Don Diego que, al ser más bajito que yo, me dejaba al aire los tobillos. Pero lo cierto es que di tan bien el pego que uno de los empleados del teatro no hacia más que llamarme “padre”, lo que causó la hilaridad de la señorita Conchita directora de la obra.

También está en mis recuerdos el profesor de francés que además daba música y dirigía el coro del instituto, se llamaba Don Juan y andaba siempre cojeando porque padecía de callos. Era un buen hombre y muy agradable. Si bien, por suerte para mí y para el coro, me expulsó porque decía que yo le descojonaba el coro porque no atinaba a dar bien una nota. Dejé de ir a clase de música, pero me llevé el recuerdo de una canción antequerana muy famosa, cuya primera estrofa dice así: Feliciano gasta gorra /porque sombrero no puede, porque el dinero que gana / en el café se lo bebe…

De los compañeros ya te dije, Juan, que José Manuel fue mi compañero inseparable. Era muy inteligente y, además, con la voz tan grave que tenía, imitaba al cantante José Guardiola, pero que muy bien, porque cantaba fenomenal. Coincidía que los dos teníamos aficiones similares, aunque en materias muy diferentes. Mis grandes aficiones eran, dentro de las ciencias, la física y la química inorgánica, además de las letras que me seguían fascinando, tanto la poesía como el teatro; mientras que a José Manuel le chiflaba lo orgánico, los seres vivos, su anatomía, por eso nos pasábamos los ratos que teníamos libres andando por los montes de Antequera que, sin lugar a dudas, tiene una naturaleza de las más subyugantes de España. Animal que cogía, animal que descuartizaba para estudiar su anatomía. Ya apuntaba. Cuando nos separamos, cada uno eligió su camino en la Universidad y él lo tuvo muy claro: Medicina. Acabó siendo un extraordinario neurocirujano. Desgraciadamente nunca más volvimos a vernos, si bien pude hablar por teléfono unos meses antes de su muerte, siendo aún neurólogo del Hospital Carlos Haya de Málaga.

José Manuel era de una familia de renombre antequerano. Su abuela, una señora que se me figuraba La Regenta, vivía en uno de los tantos palacios aristocráticos que conforman el centro de la ciudad. Su espléndida entrada daba paso a un gran patio porticado con magníficas columnas de mármol blanco, cuyos capiteles mostraban el entreverado verde del tiempo, y un zócalo con azulejos sevillanos de bellísima factura. El patio estaba presidido por un Cristo, siempre iluminado por un farolillo, al que su abuela tenía una gran devoción.

Como ya he mencionado, nuestra afición entonces, pasaba por recorrer montes y barrancos en busca de minerales, fósiles y alimañas que conservábamos para su posterior estudio. Continuó Lucio con su relato y, como muchas veces le ocurría, volvió a repetirme lo que nos pasó con el apagón que provocamos en casa de la abuela.

He de decirte ꟷcontinuó Lucioꟷ que a fin de que tuviésemos un espacio donde instalarnos para realizar nuestros experimentos, su abuela nos cedió el palomar del palacio. Situado en el tejado, reunía todas las condiciones para tener insectos, reptiles y aves enjauladas, además de herramientas y aparatos propios de nuestras actividades investigadoras.

Una tarde yo experimentaba, intentando recomponer una radio de galena, implementándole un dial que había fabricado con una cuchilla de afeitar de acero ꟷrecuerdo que era “Palmera Oro”ꟷ y una mina de grafito. Mientras, él se entretenía viendo como reaccionaba una rana ante unos calambrazos que le aplicaba.

Terminada la reparación de la radio˗galena, pasé a conectarla a la corriente eléctrica bajo la atenta mirada de José Manuel. Un gran chispazo no se hizo esperar y el palacio se quedó a oscuras. Todas las luces se apagaron, excepto la del farolillo del Cristo. Cuál no fue nuestra sorpresa cuando comprobamos que todos los interruptores de la casa sólo conectaban y desconectaban el citado farolillo. La abuela, que junto a nosotros indagaba en la penumbra lo que había pasado, al comprobar que el farolillo era el único que nos permitía ver algo, se le pasó el enojo y santiguándose exclamó: ¡Cristo de mi vida, sólo Tú iluminas al mundo!

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