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El miedo a la muerte

La civilización ha avanzado mucho en materia de cuidados paliativos, pero falta una ley de eutanasia

ángel, el hombre que ayudó a morir a su mujer, enferma terminal de una esclerosis múltiple que padecía desde hace 30 años, se descompone cuando una periodista le pregunta cómo fueron los últimos momentos. Hasta ahí, a la salida de los juzgados en libertad, el hombre ha mantenido una enorme entereza. Habla de la voluntad de su mujer, del final de su suplicio. Conserva aplomo y dignidad después de haber pasado por semejante trance y llevar 48 horas sin dormir. Pero cuando le preguntan por la muerte misma, se rompe. La muerte siempre es una visitante inoportuna, aunque esté descontada, anunciada, incluso deseada. Contemplar una agonía es un acto espantoso y el cuerpo exánime de un ser querido es la visión más cruel que pueda imaginarse. Da miedo. Un miedo que afectada a todos; creyentes, agnósticos, ateos. Son tan atávicas la determinación de no querer irse como las dudas sobre lo que habrá después.

Hay una frase tierna y profunda que lo desdramatiza: "A los libros hay que perderles el miedo, como hay que perder el miedo al amor y a la muerte si se quiere gozar de la vida". Es de Félix Bayón en el pregón de la Feria del Libro de Málaga de 1999 y resume bien la filosofía de vida de mi querido amigo de cuya desaparición se cumplen trece años dentro de nueve días. Perder el miedo a los libros y al amor parece fácil, pero es menos asequible para el común de los humanos perderle el miedo a la muerte. La muerte nos da tanto pavor, que cuando alguien no la teme o incluso la desea, por el motivo que fuere, lo consideramos un desaprensivo, un temerario, un insensato. Lo natural es aferrarse a la vida. Una vez, la abuela de un amigo mío, se lamentó con su nieto cuando tenía ya casi 100: "Hay que ver, tenerme yo que morir ¡y que os quedéis aquí todos vosotros!".

La civilización ha avanzado mucho en materia de cuidados paliativos, pero la falta una ley de eutanasia que ayude a una buena muerte cuando llegue el momento. Por eso Ángel Hernández ha hecho lo que ha hecho a las claras. Con el vídeo quería mostrar el sufrimiento, no contarlo. Propugna la regulación de la eutanasia para quien lo necesite y quiera. Que se disponga también la objeción médica, que permita actuar a un tercero, para que en el futuro otras personas tengan ese amparo. Entre los miedos de Ángel no está lo que le pueda pasar. Sólo le queda el espanto de la muerte y la satisfacción de que María José ha dejado de sufrir.

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