Tribuna

Alfonso lazo

Historiador

Morituri

Morituri Morituri

Morituri

Lo natural, el sentido común y un mínimo de astucia política deberían haber llevado a lo que despectivamente llaman los progres "las tres derechas" a un reforzar su deficiente unión con vistas a las elecciones locales, europeas y a un futuro mejor. No ha sido así, sino todo lo contrario. El furor político que azota a España, tan destructivo como el furor teológico de otras épocas, va a provocar pronto que la arena del circo quede sembrada de cadáveres. Veremos morir partidos enteros.

España es un país donde para la mayoría ciudadana y de los medios informativos, empezando por la televisión, los términos "derechas" e "izquierdas" nada tienen que ver con la política ni con la razón; son conceptos culturales, simbólicos y religiosos como lo puedan ser para los aficionados el Real Betis o el Sevilla. Izquierda significa lo bueno, lo virtuoso, lo bello, lo inteligente, lo culto; mientras derecha quiere decir lo malo, lo feo, el pecado, lo inculto. Quién querría ser de derechas. Una vez colocado el sambenito poco pueden hacer ya los partidos y sus líderes.

Han decidido los politólogos que la penosa situación en que se encuentra el Partido Popular debe explicarse por su giro a la derecha. Y el PP se lo ha creído; por más que un observador neutral se pregunte cómo Cs, que en los últimos meses giró también a la diestra, sigue sumando escaños. En cualquier caso, los populares quieren ahora marchar al centro. Mas ¿qué significa centro para Casado?: ¿apoyar la ley de Memoria Histórica que pretende suprimir la libertad de cátedra en colegios y universidades? Alguien del nuevo PP centrado ha dicho que no tocarán ni una coma de las leyes de género en Andalucía; o sea, que mantendrán intactas las disposiciones que terminaron con la igualdad legal de mujeres y hombres. Casado se mueve al centro, y el espacio de la llamada derecha queda vacío, dispuesto y limpio para recibir a la inmensa minoría de españoles harta del lenguaje obligatorio dictado por nuestros progres. Vox seguirá así creciendo: un partido liberal conservador fuertemente patriótico, alzado en rebeldía contra un pensamiento dominante que excluye del vocabulario común los conceptos de patria y nación española para colocar en su lugar el culto a patrias de pitiminí y a banderas aldeanas.

Me atreveré a decirlo: se compartan o no, Vox tiene ideas fuertes y ha comprendido, tal como lo comprende la izquierda desde los tiempos de Gramsci (y en cambio no lo entiende aún el Partido Popular), que sólo quien gana la batalla de la cultura (cultura entendida como cosmovisión y paradigma) puede después conseguir la victoria política para una larga duración. Por eso Abascal y su séquito interpretan el 28 abril como la noche en la que en España ganó la emotividad frente a la razón, la ignorancia frente al conocimiento, lo blando frente a los fuertes, el sectarismo frente a la libertad, los dogmas de la Iglesia Verde frente a un sano escepticismo, la superstición frente a la ciencia; todo lo cual, según Vox, pone a la vista que no estamos en un duelo entre partidos, sino en el choque de dos cosmovisiones. Algún comentarista lúcido ha dicho que Abascal no tiene interés por llegar a La Moncloa: únicamente busca que sean sus ideas las que entren en los despachos del palacete. Un partido de nuevo cuño.

Pero lo cierto es que también Vox fracasó el 28 abril al no alcanzar los millones de votos esperados. Le han faltado el estilo y el tono. Vox tiene ideas que comparten multitudes de votantes del PP y Ciudadanos; lo que no tiene es sentido de la medida cuando se muestra: esas cabalgadas, esa peregrinación a Covadonga, esos ritos medievales; cualquier día alguien va a presentarse en un mitin vestido con la armadura ceremonial de Carlos V en un cuadro de Tiziano. Son gestos inofensivos, sí, pero echan para atrás la estética común del siglo XXI. Si Vox dejara sus extravagancias se parecería mucho, por su esencialismo hispano, al Frente Español fundado en 1932 por Ortega y algunos de sus discípulos como María Zambrano o José Antonio Maravall; no faltan en sus filas intelectuales de rango. Caso de no refinarse, también Abascal puede ser otro de los caídos en el circo de la política española, donde ya blanquean los huesos de Podemos, agoniza el PP y Rivera no cesa de gritar al público de las gradas sobre cordones sanitarios. Al final, después de que los tres gladiadores de la llamada derecha se hallan despedazados entre ellos, Sánchez, solo en el centro de la arena, va a durarnos veinte años.

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