La Venta de Alfarnate, la más antigua de Andalucía, te traslada al siglo XIII

Los platos más destacados son las migas o las carnes a la brasa, estas elaboradas en un Hosper que las ahuma y "les da el toque".

Es la venta más antigua de Andalucía, está en un pueblo de Málaga y sus 'huevos a lo bestia' alimentan a una familia

Diego, uno de los propietarios de la Venta de Alfanate
Diego, uno de los propietarios de la Venta de Alfanate / M. H.

En pleno corazón de la Axarquía, a solo dos kilómetros del pequeño pueblo de Alfarnate, se alza una histórica venta que, en su momento, era una casa de postas, de muros gruesos y vigas de madera que han sobrevivido a más de ocho siglos de historia. En el siglo XIII, cuando Europa experimentaba el auge del feudalismo y la revolución en la Iglesia, esta venta era ya un punto de descanso para locales y personas viajeras que cruzaban el antiguo camino que unía Málaga con Granada.

Allí se cambiaban caballos, se compartían noticias y se cerraban tratos entre 'chatillos de vino'. Era, más que un simple hospedaje, un paradero para aquellas personas que querían "descansar un rato". En escritos del siglo XIII, y diferentes relatos referentes al bandolerismo andaluz, ya mencionaban a la Venta de Alfarnate, "la venta más antigua de Andalucía".

Con el paso de los siglos, sus paredes fueron testigo de historias que hoy forman parte del folclore malagueño. En 1812, el famoso bandolero Luis Cantalejo, a menudo confundido con el “Bizco del Borge”, pasó por allí, dejando su sombra y su mito grabados entre los muros de piedra. A raíz de esa visita, muchos comenzaron a llamarla “La Venta del Bandolero”, aunque el nombre verdadero siempre fue Venta de Alfarnate.

Interior de uno de los salones de la Venta de Alfarnate.
Interior de uno de los salones de la Venta de Alfarnate. / Francisco Sánchez

Ya en el siglo XX, la historia del lugar se entrelaza con la de una familia proveniente de El Palo, también en Málaga. En 1996, el padre de Diego y Alejandro, los actuales propietarios, compró la venta prácticamente en ruinas: techo hundido, muebles destrozados y, como anécdota pintoresca, dos antiguos empleados que "estaban de okupas cuando mi padre apareció allí por primera vez", confiesa todavía estupefacto. Con esfuerzo, la familia devolvió la vida al edificio, respetando su estructura original y la esencia de la antigua casa de postas.

Tras la muerte del padre en 2005, fueron sus hijos y su madre, Cristina, quienes asumieron el relevo. En 2019, cuando Diego alcanzó la mayoría de edad, decidieron relanzar el negocio. “No teníamos ni idea, fue una locura”, recuerda entre risas Diego. Pero la locura se convirtió en una vocación para honrar todo el esfuerzo que había hecho su padre. Estudió Dirección de Restaurantes y, antes de volver a escribir la historia en la Venta de Alfarnate, trabajó en sitios como la Taberna de Mike Palmer para que su formación fuera aún más profesional.

Qué comer en la Venta de Alfanate

Entrar en la Venta de Alfarnate es viajar al pasado. La cocina que transmiten desde el local es la de toda la vida. La de la abuela. La que transporta a la infancia. Por ello, la cocina mantiene viva la memoria del campo andaluz, con productos de proximidad y recetas que todas las abuelas malagueñas y andaluzas han hecho alguna vez en su vida.

Esto se refleja en uno de sus platos estrella, las migas. Contundentes, humildes y "bastante cargadas de lo bueno". Se sirven con huevo, lomo, chorizo, morcilla, pimientos fritos, naranjas y uvas. Las frutas, dice Diego mientras se ríe, "son para darle un frescor al plato y engañar un poco al cuerpo".

Plato de migas de la Venta de Alfarnate
Plato de migas de la Venta de Alfarnate / Venta de Alfarnate

Para los amantes de la cocina un tanto más moderna, este restaurante, aun siendo del siglo XIII, tiene algo que actualmente está a la orden del día en todos los restaurantes: las carnes a la brasa. Lo diferencial es que son preparadas en un horno español al Hosper, que ahuma y carameliza las grasas de la carne con carbón natural. Normalmente, y según Diego, trabajan con rubia gallega madurada de treinta días, que para él es "la maduración perfecta para el público". También brillan el chivo asado, las chuletitas de cordero y sus torreznos de Soria. "Son los mejores torreznos que te vas a comer aquí en Málaga", asegura Diego mostrando total seguridad en lo que comenta.

Pero si hay un sabor que define la identidad de la Venta de Alfarnate, es el de su postre más querido: las gachas de anís, premiadas por una revista malagueña como el mejor postre malagueño de la provincia. Es un dulce muy sencillo que "destaca los sabores de siempre, los sabores de todas nuestras abuelas malagueñas". "Una vez, y no te engaño, un cliente se puso a llorar al probarlas porque su abuela había fallecido días antes de comer el postre", confirma.

Por ello, Diego quiere rendir tributo al legado que dejó su padre en 2005 y convertir a la Venta de Alfarnate en un referente gastronómico en la Axarquía y en la provincia de Málaga. Lo que empezó como una simple casa postas ahora es "la venta más antigua de toda Andalucía".

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