Entre bambalinas

Del boquerón a la ceniza

  • Carnaval y Semana Santa precisan de un sacrificio propio de las fiestas populares que lleva, en muchas ocasiones, a la conjunción en sus personas

Un grupo escultórico cobra vida en forma de cuarteto. Un grupo escultórico cobra vida en forma de cuarteto.

Un grupo escultórico cobra vida en forma de cuarteto. / J. L. P.

La voz entrecortada por la emoción de Pepelu Ramos en el Teatro Cervantes tras escuchar el pasodoble de la comparsa Ciudad del Paraíso decía así: “Cuando los malagueños no saben a dónde ir, van a la reja de Jesús Cautivo”. Proclamó en medio de las fiestas de Don Carnal su fe al Señor de Málaga, sin titubeos ni medias tintas. Un año después, el investigador y carnavalero David Delfín visitó el plató de Guion para hablar de las dos fiestas cruzadas y la importancia de su mutua influencia.

Hoy es Domingo de Piñata y en Málaga se produce el encuentro del Carnaval y la Cuaresma. El final y el principio, la alegría y la contención. El fuego en el boquerón y las cenizas, el miércoles. Hoy también unidas por la imposibilidad de vivirse en las calles. Heridas, pero ninguna de las dos de muerte, y reconvertidas en el mundo digital y la poca presencia que las olas permitan. Hemos llegado al vértice y apenas nos hemos dado cuenta.

En medio de esa vorágine, y adentrándonos en este siglo, es imposible desvincular en la ciudad el Carnaval y la Semana Santa, o el mundo cofrade en general. Hay un motivo sencillo: son fiestas populares. El tiempo que se invierte en ambas es por puro amor, y lo que ambas regalan supera, en muchas ocasiones, el sacrificio que precisan. Desde el desinterés por la vida social de la ciudad al esnobismo de las personas hechas para brillar en su exclusividad artística cabe, en medio de ellos, un gran mundo hecho para trabajar por las fiestas de la ciudad.

Y ambas se dan la mano porque se complementan. Dejando aparte los sentimientos religiosos y la diatriba que se pueda plantear sobre si ser de Don o de Doña, ofrecen un espacio con virtudes comunes: son cultura (quitémosle la coletilla de “popular” esta vez), permiten el crecimiento personal en distintas artes, crean lazos y vertebran una época del año hecha para los malagueños. Es más, ahora mismo generan movimiento entre los habitantes de esta ciudad amputada de turismo hasta nueva orden.

Sólo hay que acercarse a ver las redes del Carnaval: las de la Fundación, los medios de comunicación, los carnavaleros y aficionados son un ejemplo de amor por lo que se hace. Se desafía a la distancia interpersonal con la digitalización de sus contenidos. Este año escucharemos coplas nuevas y se vencerá el freno social, a pesar de las restricciones. Y mientras, entre el primer y el segundo plano, las cofradías avanzan ya hacia la Semana Santa sin procesiones y permiten esa transición calmada hacia un tiempo basado en el respeto.

Por eso, y ante los intolerantes hooligans de ambos bandos, la mejor medicina es encontrar a quienes viven las dos fiestas y escucharles. Dejarse llevar por lo que sus corazones dicten. En todos los casos, son la muestra de un inquebrantable amor por seguir creciendo.

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