Semana Santa

El ataque de los diez millones

  • Pasa el tiempo, y cada año el desembarco de la Legión convoca a más gente desde el Puerto hasta Santo Domingo He aquí una prueba de fuego para la razón: lo mejor, como siempre, es no pensárselo demasiado

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UN hombre entra a una cafetería en el centro poco después de que haya concluido el traslado del Cristo de la Buena Muerte. Se apoya en la barra, enrojecido por el sol, mientras su mujer y su hija buscan una mesa en la sala. Una camarera adivina enseguida que, como el resto de la clientela, el hombre viene después de haber visto el desembarco y los posteriores honores rendidos a la talla por la Legión, y le pregunta: "¿Qué? ¿Había mucha gente?" A lo que responde el interpelado: "¿Que si había gente? Lo menos había diez millones de personas". Y sí, ya se sabe que el carácter malagueño es propenso a la exageración porcentual cuando se trata de ser claros; pero en semejante afirmación se escondía, seguramente, una aproximación más fiel a la verdad que en un censo al uso. Había gente, sí, muchísima. Desde el Puerto hasta Santo Domingo, en una marea humana de proporciones antiguotestamentarias. Tanta, que buena parte de los diez millones llevaban guardando sus puestos en el entorno el Muelle Dos desde la noche anterior, demostrando que ellos también, llegado el momento, podrían ejercer el abnegado sacrificio de la movilización.

El Contramaestre Casado arribó con algo de retraso para desesperación de algunos, aunque alguien recordó en el Paseo de los Curas que eso es lo normal. Ah, bueno. Los hijos más tenaces de Millán Astray llegaron con la niebla, cantando El novio de la muerte, y entonces se desató el éxtasis: gentes de todas las edades corrían de un lado para otro, con sillas, niños, bocadillos, perros, paraguas y otros artilugios en las manos, en pugna por hacerse con las mejores plazas, corre Manolo, decía una delgadísima mujer con aspecto de yonqui y edad indefinida a un hombre de similar constitución que bebía a morro de una cerveza de a litro, que ya están aquí. Y sí, los zapadores pasaron como una exhalación, barbillas al aire, fusiles al hombro, pisotones sonoros, ritmo marcial, visto y no visto, todo el mundo preguntó por la cabra; pero el verdadero espectáculo se encontraba en las orillas, en los diez millones. Se adivinaban los nostálgicos, claro, los viejos en su mayoría solos que acudían a rememorar falsos sueños, los del si viniera quien tiene que venir; pero todavía resulta sorprendente la presencia masiva de jóvenes y adolescentes entre las filas, encaramados a cualquier saliente, jaleadores del desfile. Ellos, en su mayor parte sin camiseta (ciertos tramos del mismo Paseo de los Curas recordaban al Fondo de La Rosaleda), mostrando orgullosos sus tatuajes, sus heridas de guerra, sus pecholobos unos, la anatomía que alguna vez les terminará de hacerlos hombres otros, torsos canijos, morenos y endurecidos, otros gruesos, flácidos y tiernos, cráneos generalmente rasurados, botellas y latas en las manos, insignias nacionales en muñecas, relojes y cinturones, vocerío permanente, generosos aromas a sudor seco, gestos entre la rudeza y el más proverbial despiste. Ellas, exhibidas por los anteriores como trofeos de feria, con cortísimas vestimentas baratas carentes de recato, moños prendidos como si tal cosa, mirada fija al wasap y el agotamiento sistemático de paquetes de chicles y bolsas de pipas. Pero había de todo, no crean: familias al completo, señoritingos de postín, rockeros complacientes, abuelos que jugaban con sus nietos, turistas alucinados que creían estar en una película de Spielberg y hasta lánguidas profesionales con pintas de ejecutivas que parecían haberse perdido definitivamente del mundo.

Ante una respuesta de tal calibre a la llegada de un cuerpo militar, celebrada con aromas de feria, globos y golosinas, la razón se resiente como si la obligaran a compartir nevera con los instintos primarios. Quienes buscan el resto del año la ciudad emancipada, autónoma, crítica e intelectualmente dotada que es Málaga, tienen que empezar de nuevo irremediablemente cada Jueves Santo. Esta Málaga que aclama a los legionarios como si fueran dioses existe, y de qué manera. Tal vez, hasta el punto de que la que no existe es la otra. Una joven de negros atuendos, gafas enormes, melena rizada y tono de voz monacal se lo decía ayer bien claro a un padre de familia en la calle Hilera, camino de Santo Domingo, mientras un vendedor de coquis pregonaba su mercancía: "Si alguien viene a invadirnos, ¿quién podrá defendernos? ¡Para eso tiene que estar ahí la Legión!" Pues eso, que el miedo persiste, para alegría del negocio militar. Aunque no crean, un tipo flaco y de fachada quijotesca, con perilla canosa, gafas a lo Lennon y sombrero Panamá, hacía un análisis distinto a una acompañante que no parecía precisamente feliz, esta vez por Atarazanas: "Mejor esto que la kale borroka".

El traslado del Cristo en la abarrotada plaza reunió a la tradicional representación institucional (el director general de la Guardia Civil, Arsenio Fernández de Mesa; el subdelegado del Gobierno en Málaga, Jorge Hernández Mollar; el delegado de la Junta de Andalucía en la provincia, José Luis Ruiz Espejo; el presidente de la Diputación, Elías Bendodo; el presidente del PP-A, Juan Manuel Moreno; y el alcalde, Francisco de la Torre, entre otros) que se repartió luego gustosa por las siete procesiones de la tarde. La Santa Cruz abrió el mapa en Gaona, y poco después el espectacular conjunto monumental de la Cena hacía lo propio en una calle Compañía hasta los topes, extrañamente partida en dos: si hasta las inmediaciones de la casa hermandad desde la Plaza de la Constitución predominaban las terrazas llenas, los cafés abundantes, los tragos largos consecuentes al almuerzo y hasta un puesto de perritos calientes instalado frente a la iglesia del Sagrado Corazón, el cruce con Fajardo contenía ya una absoluta entrega a la salida procesional, con bosques de cámaras fotográficas y niños aupados en hombros. Lo mejor era buscar después un atajo por Pozos Dulces para ver la salida de Viñeros, y encontrar escrita en el muro, en la misma esquina con Compañía, esta cita de Horacio, aplicable tanto al Cristo como a uno mismo: "Vete a donde tus pies y los vientos te lleven". Lamentablemente, el autor latino no contaba con días de una aglomeración semejante. En Arco de la Cabeza (sí, hubo aquí una vez un arco), esquina con Andrés Pérez, se podía ver a los nazarenos salir desde la iglesia hacia la plaza, en la otra orilla de Carretería; y allí, otra cita, ésta de Kavafis: "No hallarás otra tierra ni otra mar. La ciudad irá en ti siempre". En días como éstos, no obstante, la permanencia en Ítaca se parece demasiado (ay) a una condena.

Con permiso de todos, las escenas más hermosas había que buscarlas en El Perchel, allí al ladito del Carmen, a la salida del Chiquito, cuando el barrio sigue siendo barrio a pesar de la especulación urbanística y del Metro, con su misterio de claroscuros, su antigüedad invertebrada, los espíritus aletargados en las ventanas; y en Mármoles, con la Zamarrilla y su quietud de extraña invocación espiritual. La Esperanza pedía romero a raudales cuando se acercaba la madrugada, pero antes los legionarios volvieron a cantar El novio de la muerte a todo pulmón en la procesión de Mena. Uno, no obstante, prefería cantar bajito por Brassens contra los ardores guerreros: "No, a la gente no gusta que / uno tenga su propia fe". Y que Dios nos coja confesados.

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