Paco Ureña. Matador de toros "El miedo es no tener la oportunidad de volver a torear más"

  • Mañana retorna a Sevilla tras el gravísimo percance en Albacete por el que perdió el ojo izquierdo

  • Alterna con El Cid y Miguel Ángel Perera, con toros de Santiago Domecq

Paco Ureña, en el descanso de un entrenamiento antes de torear mañana en Sevilla. Paco Ureña, en el descanso de un entrenamiento antes de torear mañana en Sevilla.

Paco Ureña, en el descanso de un entrenamiento antes de torear mañana en Sevilla. / Joserra Lozano

Nació y vivió su infancia en la labrantía de un terruño familiar en la pedanía de Escucha, perteneciente al municipio murciano de Lorca. Lo más parecido con el mundo del toro, por su color similar al de la muleta, eran los tomates que recolectaba en la huerta. Dice que no sabe cómo ni porqué un día, el niño Paco Ureña les dijo a sus padres que quería ser torero. Sin antecedentes taurinos, sin ningún elemento que le uniera a la Fiesta, pensaron que estaba loco. Únicamente, en las escasas corridas que vio por televisión, la familia le dejaba frente a la pantalla dando saltos de alegría o emulando a los toreros. Esa vocación no la podía reflejar en su vida. Pero cuando fue un mozo, con quince años, le dijo a su padre que se marchaba en busca de su sueño. El padre no lo podía crecer y le costó llevarle en el coche hasta la estación. Allí, en la espera del tren, vio como su padre lloraba por primera vez. Ureña dice:“Desde ese día en que me fui de mi casa no se ha cerrado esa herida”. Aquel adolescente se vino a vivir a Andalucía. De 2004 a 2015 recaló en Benacazón, en tierras sevillanas, cuando ya era un reconocido profesional. El sueño, que se fue cumpliendo, quedó encharcado por la dramática cornada que sufrió el año pasado en Albacete. Un toro, como dice él, le fundió los plomos. Pitonazo en el ojo izquierdo y Ureña, con madera de héroe, se colocó una toalla en el ojo. No hizo caso a los médicos y continuó toreando. Ya sin luz en ese ojo, continuó buscando el alumbramiento de su sueño en una búsqueda existencial que para muchos hubiera sido una pesadilla con la que cerrar la aventura. Sin embargo, Ureña reapareció las pasadas Fallas triunfado y esta Feria de Abril vuelve a pisar mañana la arena de La Maestranza porque “si no fuera por el toro seguro que yo no existiría”.

–Paco, ¿cómo afronta el retorno a la plaza de Sevilla?

–Con una ilusión tremenda y, a la vez, muchas ganas debido a la ausencia del año pasado. Además, después de no saber que podría torear debido al percance. Sevilla representa mucho para mí. Es una plaza especial y una tierra en la que he vivido durante once años. Como sabe, yo viví y entrené desde 2004 a 2015 en Benacazón. Ahora vivo en El Casar de Talamanca, un pueblo de Guadalajara.

–Valore el cartel –El Cid y Perera, con toros de Santiago Domecq–.

–El Cid es un torero con una trayectoria importantísima. Es muy difícil conseguir lo que ha conseguido. Es un grandioso torero. Miguel Ángel es una figura del toreo también, con una categoría muy grande. De la ganadería de Santiago Domecq sólo puedo decirle que toreé una corrida suya en Málaga, tuve mucha suerte y me salió uno de los mejores toros al que corté una oreja; hubieran sido dos si no lo pincho. Soy un privilegiado por hacer de nuevo el paseíllo en Sevilla.

“El peor momento fue cuando una infección estuvo a punto de atacarme el cerebro”

–Antes de Sevilla, tuvo un triunfo importante en su reaparición en Las Fallas ¿Creía que iba a volver tan pronto después de la pérdida del ojo?

–Mi intención era volver. Hubo momentos en que dudé si podría hacerlo en Fallas. Después de la pérdida de visión, a tan sólo veinticinco días de torear en Valencia me sobrevino una infección y me evisceraron el ojo.

–¿Pensó en ese momento en abandonar?

–Fueron momentos muy complicados. Apenas había podido prepararme. Iba a empezar a hacer campo. Y gracias a un equipo fabuloso de doctores y la fuerza de querer se obró el milagro. La reaparición, por todo ello, fue una tarde importante.

–¿Entró en pánico en algún momento durante ese período?

–Hubo un momento oscuro, de no verlo. Cuando me evisceraron el ojo tuve una infección que pudo haberme atacado al otro y al cerebro. Ese día cuando entré al quirófano fue uno de los peores momentos de mi vida porque sabía, por los médicos, que ya no era solamente la visión, que podía pasar cualquier cosa. Sabía que ya no vería y que para evitar otros daños me tenían que quitar el ojo de mi cara.

“No había pasado ni cuarenta días. Era un cadáver. Decidí que torearía un novillo.”

–Cuando se propuso reaparecer, ¿en qué momento saca fuerzas y decide que no arrojará la toalla?

–No habían pasado ni cuarenta y cinco días de la cornada. Me estaba duchando. El agua me caía por encima. Y sentí unos miedos horribles; un miedo atroz. Había perdido nueve kilos. Era un cadáver. Decidí que me pondría delante. Me dijeron que probara con una becerrita en la finca de Eduardo Flores. Y dije: –“No, no, con un novillo y además lo voy a matar”.

–¿Qué sintió toreando de nuevo?

–No sé si podré sentir lo mismo. He nacido para dejar huella. Fue un punto y aparte.

–Supongo que para superar todo ello, el apoyo de su familia ha sido decisivo...

–Por supuesto. Yo acepto lo que me pase. Pero me duele hacer pasar por ello a mi familia.

“Pierdes un ángulo visual. Me anticipo e imagino por dónde va a ir el toro”

–Lucio Sandín, al que un toro le arrancó un ojo en Sevilla, me dijo que abandonaba por el terror a tener nulo parte del campo visual y Padilla me explicaba que para superarlo él intuye por dónde va a embestir el toro. Usted, ¿cómo lo está asumiendo?

–Pierdes un ángulo visual. En mi caso estoy haciendo algo parecido a Padilla. Me anticipo e imagino por dónde va a ir el toro. La suerte que tengo es que a veces toreo por intuición. Eso me ha dado confianza en mi mente. Sé que costará mucho hasta que lo normalice.

–Le han operado en tres ocasiones ¿En qué situación se encuentra ahora?

–Me fabrican cada semana una prótesis para conseguir que mi ojo izquierdo recupere el volumen del otro ojo y evitar una nueva operación.

–Es un torero que suele sobrepasar la raya roja ¿Este revés le puede frenar en su mentalización?

–Lo han visto en Valencia. Aunque estuviera ciego del otro ojo seguiría teniendo el mismo respeto por mi filosofía de la vida.

“Mi filosofía es entregarme al toro sin ventajas para que él elija”

–¿En que consiste?

–En entregarme sin ventajas al toro para que él elija.

–¿No siente miedo?

–El miedo es no tener la oportunidad de torear más. Lo demás es pasajero.

–¿Cómo entiende el valor?

–Como la capacidad de superación del hombre.

“Si no fuera por el toro seguro que yo no existiría... Me da la vida y me la quita”

–¿Tiene recompensa una heroicidad como la suya?

–No lo sé. Lo importante es seguir toreando.

–Si mira atrás ¿que le viene a la memoria de su paso por Sevilla?

–He toreado cuatro tardes. Entre los mejores recuerdos está la faena al toro Galapagueño, de Victorino –en la Feria de Abril de 2016–, en la que corté dos orejas. La última tarde corté una oreja a otro toro de Victorino con ocho o diez pases. Ojalá pueda volver a hacer cosas importantes en Sevilla.

–¿Ha soñado estos días con que atraviesa la Puerta del Príncipe?

–Es un sueño tan lejano que me da miedo pensar en él. Si tiene que ser será. Conseguirlo es sumamente complicado. Me cuesta trabajo hasta pensarlo. Lo que puedo decirle es que sí he soñado con ser el torero que soy.

–En el tiempo de convalecencia, ¿ha madurado y profundizado en su tauromaquia?

–Claro que sí. Cada día que pasa lo hago con más intensidad porque estoy enamorado de mi profesión. La profesión me da la vida y me la quita. Durante este tiempo he dado vueltas en mi cabeza para ser mejor torero.

–Entre sus objetivos, como ya me apuntó en alguna otra entrevista, está la pureza ¿En qué consiste?

–En ser capaz de expresar mi sentimiento artístico sin emplear ventajas ante el animal, el toro, para que elija entre la muleta y el cuerpo.

–¿Se ama de la misma manera al toro tras un golpe tan duro como el suyo?

–Y más aún y lo demuestro cada día. Si no fuera por el toro seguro que yo no existiría. Respeto al toro, que me ha salvado como persona.

–¿Qué aspiraciones tiene ahora?

–No ponerme metas.

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