El primer claroscuro de la infancia

  • 'claude en marrón y blanco' Vallauris, 1950. Óleo sobre contrachapado. 48,5 x 45,5 cm. Donación de Christine Ruiz-Picasso 'Málaga Hoy' presenta a sus lectores, una por una, las 155 obras de Pablo Picasso que componen la importante colección permanente del Museo Picasso Málaga, legado fundamental del artista

EN el amplio recorrido humano que siempre obsesionó a Picasso no podía faltar la infancia, con todas sus connotaciones de primera etapa y territorio fronterizo entre la personalidad por hacer y la ya terminada. Para dar rienda suelta a sus fuegos, el malagueño tuvo un material de primera mano en sus propios hijos. El tercero de ellos, Claude, hermano de Paloma e hijo de Françoise Gilot, fue a menudo objeto resolutivo de sus inquietudes artísticas; uno de los ejemplos más misteriosos y significativos se encuentra en la colección permanente del Museo Picasso Málaga con el título Claude en marrón y blanco. Una invitación a los sentidos más allá de la razón.

Conviene detenerse especialmente, como ocurre a menudo con Picasso, en los materiales con los que está realizada la obra, un óleo sobre contrachapado que se presta de manera especialmente idónea a la composición. Desde el marco de madera hasta la superficie antes del color, todo lo que concierne ante los ojos de quien observa pasa a formar parte de la obra, del resultado estético final. Hay una ambición singularmente creadora, o creacionista, en este trabajo, como si el que pinta pretendiera dotar de vida, además de entidad artística (¿no es lo uno consecuencia de lo otro?), a todos los elementos sobre los que se posan sus manos. Con este recurso, Picasso expresa la unidad presente en la naturaleza; un argumento esencial para comprender el misterioso contenido del cuadro.

Claude se presenta en marrón y blanco, como indica el lema del cuadro. Se trata de una composición extraña, más aún en el retrato de un niño, ante la cual el observante no puede permanecer indiferente. Ocurre un fenómeno similar con la figuración: Claude aparece representado con rasgos cubistas, pero las formas son redondas y amables, perfectas para la reivindicación de la inocencia que corresponde en la infancia. Más allá del perfil de caballo blanco que asoma en el rostro del pequeño, éste denota cierta sorpresa, como si hubiese sido sorprendido in fraganti en plena travesura. O quizá se halla escondido en un armario, o una buhardilla, su pequeño teatro con sus juguetes, el contraste durísimo de la luz así lo sugiere. Sobre la frialdad del contrachapado, sin la mansedumbre del lienzo, Claude encarna el misterio fragmentado de la complejidad humana que destapó el cubismo al reinterpretar la realidad, pero también la mirada tierna del niño, completa, unívoca, inmediata. Como Picasso, este pequeño Claude es uno y su contrario.

Pero el verdadero síntoma del misterio se encuentra en el color. ¿Por qué esta corrosiva combinación de marrones y blancos? ¿Y por qué ésta termina apareciendo en los ojos como habitual, reconfortante incluso, domésticamente amable? De nuevo, el camino a la respuesta comienza en lo evidente: la figura. A través de sus ropas, Claude parece imitar a los bufones de la corte que pintó Velázquez, y aquí se encuentra la llave maestra: sin el sevillano resulta imposible interpretar este cuadro en su plenitud. Su contraste es deudor absoluto del claroscuro que el maestro desarrolló en el siglo XVII para abrir caudales eternos a la pintura. Y, merced a esta luz, como los niños que pintara Velázquez, Claude no es una criatura por hacer, ni un proyecto de persona: es un ser humano en toda su plenitud, tal y como delatan su mirada fija y su porte solemne, apuntadores de una posteridad soberana por corta que pueda parecer su edad. Picasso no concibe a un hombre a medias, ni siquiera en su infancia: el hombre sin atributos que imaginó Robert Musil es una entelequia. El claroscuro, exagerado en este caso del marrón al blanco, es el alma. Entera.

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