Crítica de Cine

'Cuñadismo' de marca blanca

Javier Cámara, Roberto Álamo y José Coronado, en la película. Javier Cámara, Roberto Álamo y José Coronado, en la película.

Javier Cámara, Roberto Álamo y José Coronado, en la película.

El cuñadismo ya existía en España mucho antes de que se acuñara el término, también en nuestro cine, sobre todo en esa comedia costumbrista que entendió siempre, con más o menos finura, que en el humor de salita de estar de sofá plastificado y en los vínculos familiares residía, convenientemente caricaturiza, una cierta y casposa esencia picaresca de lo hispano. Con todo, el cuñadismo de Es por tu bien responde ya a su nueva acepción contemporánea y al chascarrillo de grupo de WhatsApp, a saber, nace con plena y efímera autoconciencia de su carácter de moda pasajera en una favorable coyuntura de pactos y alianzas de codazo cómplice entre marcas azules y marcas blancas.

Bajo el amparo de Mediaset y con los actores de moda y sus roles arquetípicos (el pijo, el tonto y el bruto) en primera línea, Es por tu bien explota sin demasiado éxito el eterno compadreo colegas en edad madura, reunidos en torno a una piscina y una barbacoa dominguera en su batalla perdida por el control y el afecto perdido de sus hijas, que son lo suficientemente estúpidas y románticas (¡!) como para haberse emparejado con lo peor de la especie masculina.

Podríamos fácilmente desmontar la operación con un leve acercamiento ideológico-político a los clichés, tipos, modelos familiares y situaciones que articula el filme que dirige Carlos Therón (Impávido, Fuga de cerebros 2), pero eso tal vez sería hacerle el juego a su blandengue y timorata incorrección con repliegue conservador y moralina happy para fans de El Hormiguero.

Se me antoja mucho más pertinente señalar, jugando en su propio terreno de producto prediseñado, que Es por tu bien se desinfla bien pronto una vez planteada su premisa y no hace más que dar vueltas y acumular tedio ahí donde el sentido de la progresión, el gag, el ritmo necesario para la comedia, las ideas de puesta en escena (reducidas aquí al sempiterno gesto de acercar la cámara a los rostros o a trillados montajes videoclip a cámara lenta) o las prestaciones desbocadas de sus intérpretes deben jugar un papel determinante para hacer reír más allá del reconocimiento primario.

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