Salir del ropero | Crítica Un enorme y caro despropósito

Rosa María Sardá y Verónica Forqué en una imagen de 'Salir del ropero'. Rosa María Sardá y Verónica Forqué en una imagen de 'Salir del ropero'.

Rosa María Sardá y Verónica Forqué en una imagen de 'Salir del ropero'.

Ni siquiera el homenaje a la gran Rosa María Sardá, que aparece aquí en el que ha sido su último papel en el cine, redime a esta supuesta comedia libertaria y feminista de los numerosos despropósitos que la atraviesan y que la convierten en seria candidata a la peor película española del año. Empezando por el guion, al parecer en barbecho desde hace tiempo, un sainete rancio a propósito de un amor maduro entre mujeres en un pequeño pueblo canario que más que transcurrir en pleno año 2020 parece que estuviera ambientado, por el tono del ‘escándalo’, en 1920. Siguiendo por el flagrante ninguneo a las que deberían haber sido las protagonistas de la función, unas Forqué y Sardá completamente mustias y desaprovechadas como personajes y no digamos ya como actrices. Continuando con el esperpéntico, y no precisamente en el buen sentido, desfile de personajes excéntricos y caricaturescos terriblemente dirigidos, o lo que es lo mismo, entregados a manos de unos actores que, de la cada vez más insufrible Ingrid García Jonsson a Candela Peña pasando por Álex O’Dogherty, no pasarían aquí la prueba del algodón de la función escolar. Y bueno, para terminar, qué decir de las imágenes entre publicitarias (Lanzarote, qué bonita eres) y deformantes del gran José Luis Alcaine al servicio de una puesta en escena errática, un montaje atropellado (¡Teresa Font!) y un ritmo cojitranco. En fin, un enorme y, me temo, caro despropósito.