La última gran estafa | Crítica Robert, Morgan y Tommy no bastan

Robert De Niro, en una escena de 'La última gran estafa'. Robert De Niro, en una escena de 'La última gran estafa'.

Robert De Niro, en una escena de 'La última gran estafa'. / D. S.

Viendo esta película he tenido la sensación de estar viendo unas variaciones sobre el musical Los productores de Mel Brooks. En ella dos sinvergüenzas -un contable y un productor que acaba de sufrir el fracaso de su última obra- planean la creación del peor musical de la historia para, tras su seguro fracaso en su mismo estreno, quedarse con el dinero de los incautos inversionistas. En La última gran estafa un productor de cine también con un reciente fracaso a cuestas y entrampado con un mafioso pone en marcha una película llena de escenas peligrosas con la idea de que durante el rodaje muera su protagonista, una apagada estrella que conoció mejores tiempos, generosamente asegurado antes.

El argumento -tomado de una olvidada y casi no distribuida película de 1982- tiene posibilidades. El reparto las multiplica al unir tres gigantes: Robert De Niro (el productor), Morgan Freeman (el mafioso) y Tommy Lee Jones (el viejo actor). Entonces, ¿qué ha salido mal para que el resultado sea una discreta comedia? Lo de siempre. El desarrollo del argumento en guión, a cargo del casi debutante Josh Posner y del no muy brillante guionista y realizador George Gallo, no saca el jugo potencial. Y la dirección rutinaria y apagada de Gallo (de quien puede recordarse sólo algún no muy reciente título apreciable como La calle 29 o Middle Men) no aporta gran cosa. Entretenida, divertida a ratos (aunque su humor no sea precisamente fino), pero decepcionante por el valioso material humano desperdiciado.

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