Cómics

Pongamos que 'flaneo' por Madrid…

  • El guionista El Torres y el dibujante Alberto Belmonte unen sus talentos para recrear en las páginas de un cómic una historia protagonizada por Benito Pérez Galdós

Detalle de una viñeta de la obra. Detalle de una viñeta de la obra.

Detalle de una viñeta de la obra.

Y lo hacen para completar la trilogía de la G, que comenzó con El fantasma de Gaudí, continuó con Goya, lo sublime, terrible y culmina con este Galdós y la miseria. Thriller, terror en los dos primeros y, finalmente, costumbrismo en ese Madrid que durante tantas noches el universal autor pateó (o flaneó), recorriendo sus rincones más desconocidos.

Pero esta historia comienza justamente cerca del final de su existencia, cuando un anciano Galdós, ciego ya, es homenajeado con la inauguración de una estatua que reposa desde entonces en el parque del Retiro madrileño. Allí se darán cita los principales personajes de la trama, que muy acertadamente, junto al propio literato, parecen sacados con precisión quirúrgica de alguna de sus famosas novelas.

Además de aquellos que le jalean y aplauden, que no eran pocos, también se encuentran en el lugar algunos tipos a los que le repugna no solo su obra literaria, sino su posicionamiento político y anticlericalismo. Uno de ellos es el vástago de una adinerada familia, los Botines, que van a jugar un papel muy importante en el argumento, convirtiéndose en los auténticos villanos del relato.

Pedro Botines se burla e insulta al anciano escritor, y se muestra asqueado cuando reconoce entre los acompañantes de Galdós a una joven, Elena, a la que parece conocer y odiar a partes a iguales.Esa noche, el destino de ambos quedará firmado a los pies de la estatua del insigne literato.

Retrocederemos en el tiempo algunos años, concretamente hasta 1913, momento en el Galdós, que comienza a perder la visión y se encuentra más acuciado que nunca por las deudas, tiene ensoñaciones que lo llevan a momentos de su pasado que han quedado grabados en su memoria.

Al borde de la depresión, los halagos de sus seguidores en las tertulias a las que acude de poco o nada le sirven para levantar el ánimo. Tan sólo la casualidad hará que, en uno de sus flaneos por la capital madrileña, se tope, tropiece con la joven Elena Menaique que, por una serie de circunstancias que vamos a ir conociendo poco a poco, se ha visto obligada a ejercer la mendicidad.

Pero esa no es la primera vez que Galdós y la muchacha cruzaron algunas frases, y dicho recuerdo hará que a partir de ese momento, ella sea adoptada y desde entonces ocupe un lugar importante en el devenir del escritor, con el que no solo compartirá animadas tertulias, sino al que también confesará los oscuros hechos que la sumergieron en el mundo de la pobreza más extrema. Son muchos y terribles los secretos que ella guarda, y que señalan directamente hacia los Botines, y en especial al odioso Pedro, al que veremos tratar con desprecio a su propia esposa, Rosa, que pasa las solitarias horas sumergida en la lectura de, curiosamente, varias obras del propio Galdós.

Nos encontramos ante una obra que se mete de lleno en el mundo galdosiano. Sin pretender en ningún momento convertirse en una mera biografía, transforma al autor en un personaje más de ese género, el realismo, que él cultivo con tanto talento.

Para ello, el guionista El Torres, como él mismo confiesa en entrevistas, se ha sumergido en infinidad de biografías del autor, así como en su vasta producción literaria, hecho que se puede constatar por las numerosas y sutiles pinceladas que de la vida del autor vamos a poder encontrar a lo largo del argumento.

El Torres también ha imitado, en la medida de lo posible, esos paseos a los que Galdós estaba tan habituado, y aunque la ciudad de Madrid ya no es la misma, el espíritu de esa ya lejana época se encuentra presente en las páginas y viñetas de este magnífico cómic.

Y buena parte de culpa la tiene el jerezano Alberto Belmonte, que ha ilustrado con maestría el guion de su primer trabajo largo en el mundo de la historieta, obteniendo un sobresaliente por su labor de caracterización no sólo de los personajes, sino de los numerosos, y diferentes, ambientes en los que los protagonistas se encuentran, narrando gráficamente con soltura un argumento que se aleja de la mayoría de obra firmadas por El Torres, más centradas en el género de terror.

Versátil como pocos, Belmonte nos lleva a ese Madrid, y no lo hace solamente con su trazo, sino que el color que imprime a los diferentes ambientes se convierte en un personaje más de la apasionante trama, que nos va llevando del presente de la obra a momentos del pasado en los que iremos comprendiendo por qué a la joven Elena la apodan La Miserias…

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