El libro de los monstruos | Crítica Imposible zoología

  • Coincidiendo con el reciente centenario de su nacimiento, Atalanta publica el maravilloso bestiario en el que Juan Rodolfo Wilcock combinó el género fantástico y el humor negro

Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919-Lubriano, Italia, 1978). Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919-Lubriano, Italia, 1978).

Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919-Lubriano, Italia, 1978). / Anatole Saderman

Como su gran amiga Silvina Ocampo, Juan Rodolfo Wilcock es otro de esos "secretos mejor guardados" de una época dorada en la que Argentina aportó contribuciones de primer orden al vasto ámbito de las literaturas hispánicas, aunque el raro e ingenioso autor de La sinagoga de los iconoclastas o El estereoscopio de los solitarios se sirvió de la lengua italiana desde que huyendo del peronismo se exilió en el país transalpino a finales de los cincuenta, convertido en un autor de culto que vivía retirado casi a la manera de los ermitaños. Publicado en el mismo año de su muerte, Il libro dei mostri (1978) es una regocijante muestra del talento fabulador de Wilcock, ya celebrado por Borges, Bioy y la propia Ocampo –que incluyeron a Johnny, como lo llamaban, en su famosa Antología de la literatura fantástica– o más recientemente por Bolaño, que elogiaba su prosa metódica y su feliz irreverencia.

Wilcock caracterizado como Caifás en 'El evangellio según san Mateo' (1964) de Pasolini. Wilcock caracterizado como Caifás en 'El evangellio según san Mateo' (1964) de Pasolini.

Wilcock caracterizado como Caifás en 'El evangellio según san Mateo' (1964) de Pasolini.

Wilcock retrata, con mirada satírica pero al cabo entrañable, las pintorescas debilidades de la especie humana

El autor del preludio a la edición de Atalanta, Luis Chitarroni, cita a Macedonio [Fernández] y a Witoldo [Gombrowitz] como referencias de una mitología en la que Wilcock, desde su singularidad irreductible, se inscribe gracias al rico anecdotario personal y a una imaginación exuberante, aquí en la estela de El libro de los seres imaginarios (1954) de Borges que junto a Schwob, tan admirado por ambos, o también Kafka y Calvino, se adivinan como estímulos, pasados por un visor deformante de clara filiación surrealista. Las sesenta y dos semblanzas o microrrelatos presentan, con precisión de entomólogo y recursos de ilusionista, a criaturas anómalas que reflejan bajo su fisonomía monstruosa defectos o miserias de la vida cotidiana, representada por tipos estrambóticos, híbridos, bestiales o metamorfoseados: un estudiante al que le salen plumas, un teólogo con alas y cuernos que camina a cuatro patas, un carpintero que pone huevos, una muchacha en avanzado estado de putrefacción, un australopiteco dedicado a la semiótica, un crítico literario encarnado en un amasijo de gusanos... Acogida a un patrón descriptivo, como propio de un manual de imposible zoología, la galería alterna el registro fantástico, los tonos del absurdo y un regocijante humor negro que retrata, con mirada satírica pero al cabo entrañable, las pintorescas debilidades de la especie humana.

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