Festival de Malaga

Cuento de verano

Los exiliados románticos. Sección Oficial. España, 2014 Dirección y guión: Jonás Trueba. Reparto: Vito Sanz, Francesco Carril, Luis E. Parés, Renata Antonante, Isabelle Stoffel, Miren Iza, Vahina Giocante.

Ya con Los ilusos (2013), Jonás Trueba demostró que su intuición se afila saliendo a buscar su película, más que trabajándola en casa. Su fallida ópera prima, Todas las canciones hablan de mí (2010), dejó paso entonces a un trabajo mucho más lúcido, más pícaro, que se concedía menos importancia y que resultaba sorprendentemente fresco.

Los exiliados románticos viene a continuar, afortunadamente, esta línea bajo la forma de una road movie que narra el viaje a Francia de tres amigos para ajustar cuentas pendientes con relaciones del pasado. Como recuerda hasta tres veces el leitmotiv cantado por Tulsa "podría pasarme la vida lamiendo las heridas y aún no cicatrizarían" y, bajo este código agridulce, en el trayecto de Toulouse a París, de los Jardines de Luxemburgo a los lagos alpinos de Annecy, Trueba filma la historia de Francesco, Luis y Víctor en un ejercicio de estilo tan nouvellevague que prácticamente podría considerarse un homenaje.

Con su aire ligero, casi ingrávido, todo fluye naturalmente entre los encuadres geométricos y las secuencias de exteriores visiblemente robadas. Ha dejado atrás el director la impostura indie, en un trabajo sutil vertebrado en un guión sencillo, una realización transparente y una dirección de actores en estado de gracia: memorable el monólogo de Francesco, tanto como la cena en París. En paralelo, incorpora el realizador madrileño los fundidos encadenados con la misma levedad con la que otorga a los números musicales la labor de pausa; y la comodidad se percibe tal, que se permite incluso jugar con la diégesis musical en la secuencia camino del lago.

En suma, la propuesta de Trueba constituye una pequeña joya. Un título, como ya sucedió ayer con Techo y comida, rara avis en la Sección Oficial de este año; y muestra inequívoca de un cine, como decía Jordi Costa, "periferia que será centro". O debería serlo.

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