Calle Larios

La Trinidad, todavía

  • Los meses de confinamiento han reforzado la condición de isla invisible del barrio, cuyos vecinos luchan contra el olvido en una Málaga decidida a mirar a otro lado

Memoria y tradición en el barrio de la Trinidad. Memoria y tradición en el barrio de la Trinidad.

Memoria y tradición en el barrio de la Trinidad. / Javier Albiñana (Málaga)

No hace falta que sople el terral para que haga un calor de mil demonios en la plaza de San Pablo. Es un mediodía de humedad plomiza y mientras el resto de la ciudad se esfuerza en aparentar cierto regreso a la normalidad después de la epidemia del coronavirus, aquí el tiempo se suspende en un compás detenido, un silencio en calderón. Una mujer inexplicablemente ataviada con una blusa de manga larga atraviesa la plaza con su mascarilla y una bolsa en la que parece llevar cebollas y ajos. La protección contra el contagio oculta sus rasgos más delatores, pero la vecina, delgada y de porte atlético, debe andar por los cuarenta. Suena entonces un balonazo contra un muro: unos chaveas andan dándole patadas a una pelota, sin mascarillas ni adornos, pero enseguida se esfuman como si se los hubiera llevado el diablo. No hay mucho que hacer aquí. En la calle Jara se deslizan algunas sombras sinuosas, que vienen de sortear los coches aparcados en el pasaje de Torres y se pierden a toda velocidad como si alguien los esperara en Jaboneros. Gente joven, discreta, solitaria, tal vez alguna pareja que avanza en silencio. Aquí cunden las camisetas masculinas sin mangas, alguna gorra vuelta del revés, ciertos tatuajes que asoman en el cuello. Es un día tranquilo. A excepción de los transeúntes dispersos, da la impresión de que la gente sigue metida en sus casas, manteniendo el confinamiento, como si nadie hubiera advertido que han llegado los tiempos de la nueva normalidad; pero, en realidad, la jornada se parece mucho a cualquier otra, un trozo de verano con unas nubes bajo las que es imposible no sudar. En la calle Trinidad, el ambiente no es mucho más ameno. La iglesia está cerrada y no hay flores para el Cautivo. En una esquina conversan dos hombres orondos, uno viste camiseta interior y otro una camisa abierta que revela el esplendor de su anatomía, uno bigotudo y otro con aspecto de llevar demasiado tiempo cansado aunque no aparente todavía los sesenta. Hablan con cierta desgana, se ponen al día como si de un formalismo gris se tratase. Los dos llevan puesta la reglamentaria mascarilla, aunque a uno le asoma la nariz por encima. Hay coches subidos a la acera y un gato encaramado al muro para acceder al solar. Y entonces podría uno creer, salvo por las mascarillas, que aquí no ha pasado nada: ni epidemia, ni crisis, ni recuento de enfermos. Todo está como siempre. Pero tal impresión es consecuencia directa del olvido al que vive sometido el barrio de la Trinidad. El azote del coronavirus ha sido aquí, de hecho, especialmente doloroso. En su momento, diversas asociaciones y también los servicios sociales advirtieron de que demasiada gente obligada a confinarse había perdido su puesto de trabajo y que la emergencia podía culminar en un estallido grave. Pero en este núcleo al que Málaga parece haber dado la espalda con tal de dejarlo a su suerte la crisis es ya una costumbre que viene de antiguo, ante la que a ojos del visitante una epidemia entraña una novedad, digamos, relativa.

La Plaza de San Pablo, en su sonora soledad. La Plaza de San Pablo, en su sonora soledad.

La Plaza de San Pablo, en su sonora soledad. / Javier Albiñana (Málaga)

Conforme la calle Trinidad desemboca en Jaboneros, donde hace ya algunas semanas el tráfico recuperó su sentido habitual y donde las obras de rehabilitación continúan como si acaso el Metro fuera a llegar alguna vez aquí, el barrio revela su identidad genuina, su genética aplastante. Todavía quedan consumidores de churros en las cafeterías, y en las pocas tiendas que quedan abiertas clientes y encargados encuentran solución al mundo en largas conversaciones: aquí es posible, todavía, bajar a la calle cinco minutos y encontrar que has echado tu buena media hora de cháchara. La actividad comercial se abre con mucha más autoridad en el entorno de Don Juan de Austria y el área que se extiende hasta La Regente, donde también los bares sirven a destajo desayunos tardíos y donde de hecho el barrio ha experimentado una abultada transformación urbanística y arquitectónica en los últimos años; pero aquí, en el núcleo original y primigenio, el que linda con El Perchel Norte, la vida se resuelve en una combinación extraña de resistencia y mansedumbre.

El escombro como escenario para el olvido. El escombro como escenario para el olvido.

El escombro como escenario para el olvido. / Javier Albiñana (Málaga)

Placas y azulejos rinden honor a Jesús Cautivo y a la Virgen de la Trinidad en portales, fachadas y balcones. Algunas banderas nacionales cuelgan de las ventanas con sus crespones negros. Los solares, diseminados como heridas abiertas, ganan protagonismo a medida en que el caminante se adentra en el corazón del enclave. En la calle Jara, la suciedad del suelo contrasta con la belleza de algunos balcones en los que las vecinas se enfrentan al calor para conservar vivas sus macetas. El silencio es aquí más agudo, más penetrante. La calle Jara desemboca en la calle Carril, donde decididamente el tiempo es una sustancia detenida que lo invade todo. En sus solares, en sus contenedores de obra, sus cristales esparcidos y sus estrechas aceras duerme una ciudad rendida, por la que nadie pasa, a la que nadie viene, un océano de memoria invisible y fuera de órbita. No muy lejos de aquí, una reciente demolición llamó, no obstante, la atención de algunos que clamaron contra el daño infligido a la memoria. Siempre tienen oportunidad las voces de volver al desierto. En la Málaga de los rascacielos y los futuros barrios de negocios, la Trinidad es la oveja negra, el resto último para el incordio, el decimal que impide que cuadren las cuentas. Y ya se sabe cómo acabará el redondeo.

En la Málaga de los rascacielos, la Trinidad es el decimal que impide que cuadren las cuentas. Y ya se sabe cómo acabará el redondeo

Un corralón en la plaza Montes: jardines para la resistencia. Un corralón en la plaza Montes: jardines para la resistencia.

Un corralón en la plaza Montes: jardines para la resistencia. / Javier Albiñana (Málaga)

En la plaza Montes se condensan todas las esencias del barrio, como si la calle Sevilla constituyera una frontera consciente y bien delimitada. Aquí se encuentran algunos de los corralones más hermosos del barrio: los vecinos luchan contra cualquier adversidad para mantener a punto estos espacios de convivencia, donde la resistencia se torna fraternidad. Y lo cierto es que estos jardines compartidos se muestran igual de frondosos y acogedores, gracias a la dedicación abnegada de quienes hacen de la Trinidad un pequeño milagro, todavía. El confinamiento se ha vivido aquí de manera irremediablemente distinta: un corralón no deja de ser una casa común donde los espacios privados tienden a hacerse compartidos, y semejante uso confiere matices muy especiales a toda cuarentena que se precie. Una vecina que acaba de llegar del mercado de Bailén con su carrito de la compra confiesa, detrás de su mascarilla, que en lo más duro del confinamiento "sólo teníamos que asomarnos a la ventana o a la puerta para ver que estábamos todos ahí y ponernos a hablar. Es normal, aquí somos casi todos muy mayores y estamos pendientes unos de otros". Mientras que para muchos el confinamiento ha sido una prueba de resistencia a la soledad, la vida en los corralones ha significado, en comparación, un bálsamo. Ahora, estos vecinos luchan para que la gran Málaga del futuro no los deje fuera, les reserve un hueco, cuente con su participación a la hora de hablar de ciudadanía y de abordar los proyectos más ambiciosos. En sus corralones, sus calles y sus gentes, la Trinidad es tal vez la última carta con la que cuenta Málaga para jugarse su memoria y su identidad. Pero todo apunta a que el coronavirus ha venido, también, a acrecentar el olvido.    

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