Coronavirus en Málaga: Cuidar a los que cuidan
Entre los primeros motivos por los que estos días serán recordados debería figurar la calidad de la atención al personal sanitario y los trabajadores sociales
Y habrá que admitir entonces que el desprecio a un patrimonio que tanto costó garantizar es un síntoma preclaro de la estupidez
Una señora que cuenta seguro los ochenta y tantos guarda con paciencia la cola a la puerta de un banco en el Compás de la Victoria. Lleva mascarilla reglamentaria, guantes impolutos como para recibir la Primera Comunión y una permanente que a saber cómo ha mantenido durante el confinamiento. Va vestida con autoridad suficiente como para alegrar el café de la mañana con un chorrito de licor, pero ya es mediodía y cunde un calor pegajoso ante el que nuestra mujer permanece inmune, como una diosa, cual Hécuba ante la llegada de los aqueos. Para hacer tiempo, conversa con un señor considerablemente más afectado, venido a menos, bajito, torcido, con tres pelos mal contados en su calva morena y ojillos claros encima de la mascarilla a la que confía su salud.
Lo bueno de la obligada distancia de seguridad es que el cronista, que pasa por ahí haciéndose el despistado para airear a su perra, lo tiene más fácil para seguir el diálogo. Dado el siguiente paso como en una playa con el agua del mar muy fría, la mujer se despacha a gusto: "Pues no decía mi hermana el otro día que esto le recordaba a la guerra. Que si todo el mundo asustado, que si los muertos. Pero será tonta. Lo único que tenemos que hacer es quedarnos en la casa con la nevera llena. Si no puedes ir al supermercado, hay quien te lleva la compra. Y si te pones mala, Dios no lo quiera, hay unos médicos y unos enfermeros guapísimos que te cuidan estupendamente. Es verdad que muere gente, pero a ver cuántos se estarían muriendo igual si no hubiera virus".
En un quiebro delicioso, la señora deja claro que puede hablar de la calidad de la atención sanitaria a cuenta de una vecina que se cayó en su casa el otro día y la llevaron al hospital, no porque ella lo necesitara, Dios me libre. Al metro convenido de separación, el hombre, que esperaba solucionar lo del banco en diez minutos convencido tal vez de que todo el mundo estaba en su casa, y que comprende ahora que la media hora no se la quita nadie, asiente sin abrir la boca con la cabeza puesta en a saber qué. El comentario, no por ligero (ciertamente, no todo el mundo lo tiene tan fácil para quedarse en casa con la nevera llena), merece menos atención. Parece que hay quien confía en el sistema sanitario y quien lo señala como garantía. Ciertamente, en la guerra no sólo mataban los tiros: también la tuberculosis. La esperanza era mucho menos para los enfermos. Por más que citemos a perogrullo, no está de más recordarlo.
La epidemia afronta ahora su peculiar desescalada y, con ella, el optimismo se acrecienta. Los registros diarios de contagiados, fallecidos y curados invita a ver la luz al final del túnel. Los niños vuelven a la calle y se ponen sobre la mesa planes y proyectos para la recuperación de una normalidad que todavía durante bastante tiempo será mermada. Sin embargo, en el mapa general de la reconstrucción, las noticias no siempre son buenas. Sobre todo si enfocas más allá del plano general y aterrizas a las historias concretas. A la espera de los balances y registros definitivos, los avisos que llegan de organizaciones como Cáritas, por ejemplo, no son precisamente para tirar cohetes: hay problemas serios para distribuir alimentos, y no sólo en la Palmilla, también en barrios de tradición obrera donde demasiadas familias han perdido sus pocas fuentes de ingresos.
El desamparo de quienes viven en la calle es en muchos casos insostenible y quienes se dedican a atender a estas personas deben hacer frente a la tentación de arrojar la toalla ante la falta absoluta de horizontes por parte de la administración pública. En muchas parroquias en las que se han organizado equipos de atención a los vecinos se han encontrado con que pueden ofrecer cien cuando las familias necesitan un millón. Una trabajadora de los Servicios Sociales Municipales me contaba hace poco que desde el primer día han pedido refuerzos para intentar dar el mayor abasto posible y que las peticiones han sido invariablemente desoídas. En todos estos casos la atención se da puerta a puerta, familia a familia, y no se puede ofrecer el mismo servicio, ni pretenderlo, cuando el número de quienes se han quedado sin puestos de trabajo, sin ocasiones para hacer alguna chapuza y sin medio alguno de sacar dinero de donde sea se multiplica cada día. La pretensión de quienes criticaban la renta mínima aprobada por el Gobierno bajo el lema #damelapaguita tiene una respuesta clara y concisa en las lágrimas de un hombre que llora de impotencia al no poder sacar adelante a los suyos. Cuando se habla del fin de esta crisis se habla del regreso a los restaurantes, a los hoteles y a los teatros, pero el siguiente episodio no será tan feliz en todas partes. La herida no va a ser pequeña. Aunque siempre, claro, se podrá mirar parar otro lado.
O considerar que bastante tienen los trabajadores sociales con la satisfacción del deber cumplido. Que si no se les renueva el contrato, o directamente se les paga una miseria, tampoco tenemos que ponernos nerviosos. Ya se buscarán la vida. Lo mismo cabe decir del personal sanitario: se respira la ilusión de que esta epidemia será recordada por los aplausos que muchos salieron a dar a sus balcones cada día, pero convendrá reparar en estos días a cuenta de las condiciones en las que estos profesionales hicieron su trabajo, atendiendo a quien llegara y como llegara sin la protección debida, a expensas del contagio que efectivamente creció desbocado entre médicos y enfermeros, con parapetos de risa contra el virus, en turnos infernales, con guardias pagadas de manera miserable y con el si te he visto no me acuerdo de vuelta a casa cuando los servicios de muchos ya no fueron necesarios. Sí, habrá que recordar todo esto porque difícilmente nuestra administración podría haber actuado con menos dignidad de cara a sus sanitarios. Será más justo, tal vez, recordar los aplausos como un consuelo entrañable pero inútil, cuando no como un ejercicio de hipocresía y lavado de imagen, especialmente cuando los aplausos los daban presidentes y consejeros. Mientras dura la epidemia, podemos decir ya que la deuda de la sociedad española con estos trabajadores es enorme. Y que para ajustar cuentas no vale cualquier reconocimiento.
Mientras escuchaba a la señora en la cola del banco reparaba en que un termómetro fiable para evaluar el grado de madurez de una sociedad es el cuidado de los que cuidan. Su consideración no como un derecho de los contribuyentes, igual que la circulación en coche o la reparación de un bordillo defectuoso, sino como un patrimonio ganado con el esfuerzo de todos por el que hubo que partirse la cara durante siglos. El problema es, de nuevo, el escaso valor otorgado a lo público, la idea de que lo que no es exclusivo no vale la pena, la sospecha de que todo lo que se sostiene a base de impuestos está contaminado de ideología o, para ser precisos, de la ideología contraria.
Tan nefasta tesis del liberalismo peor entendido se traduce, al fin, en una despreocupación por el bienestar de quienes ejercen con su trabajo este patrimonio, en la confianza en el yo me lo guiso y yo me lo como por encima de la fortaleza común, en el ahí no me veréis. En lo que, llamado por su nombre, resulta ser la estupidez. Cuidado: esta estupidez es la misma que aniquila y mercantiliza el sistema sanitario y la que se encoge de hombros ante las condiciones precarias con las que los servicios sociales se enfrentan a un día a día que, en ocasiones, da miedo. Ojalá esta crisis sirviera para reforzar el valor de cuidar a los que cuidan. De andar vigilantes, de reclamar mejores condiciones, de no dejar pasar un solo deterioro de la atención pública. Ya un señor llamado Pericles demostró que sin esta vigilancia no hay ciudadanía. Seguirá haciendo falta.
Temas relacionados
No hay comentarios