Málaga

Tatuajes contra el cáncer de mama

  • Mujeres que han superado la enfermedad se tatúan el lazo rosa para visibilizar su lucha y cerrar una etapa

Susana Pacheco, María Isabel Jiménez, Mariló Fernández y Esther Aguilar (de izq. a der.). Susana Pacheco, María Isabel Jiménez, Mariló Fernández y Esther Aguilar (de izq. a der.).

Susana Pacheco, María Isabel Jiménez, Mariló Fernández y Esther Aguilar (de izq. a der.). / Javier Albiñana

Hace unos años no se conocían. Pero un cáncer de mama las hizo coincidir en la lucha contra la enfermedad y trabaron un lazo indestructible por haber compartido los momentos más difíciles de sus vidas. Entonces, cuando lloraban, se apoyaron. Ahora, cuando ríen –una vez superada la enfermedad– se siguen ayudando y se comprenden. Así que decidieron que ese vínculo que ellas sienten y que flota en el ambiente cuando están juntas debía plasmarse de alguna manera.

A Rosa María Márquez se le ocurrió que la mejor manera de hacerlo era tatuándose el lazo rosa, ese que simboliza la lucha contra el cáncer de mama. Ayer, por Tattoo Stone desfilaban muchas supervivientes de la enfermedad. Todas se grabaron el lazo con tinta rosa sobre su piel. Cada una eligió un sitio de su cuerpo y un tamaño diferente. Y la mayoría le añadió la palabra live (vivir, en inglés).

Ayer, a medida que la tatuadora Mariló Fernández las unía para siempre con ese símbolo, se enseñaban su lazo las unas a las otras. Y sonreían, pulverizando tristezas pasadas. “Ahora voy a tener que cambiar el vestuario para que se vea”, bromeaba Esther Aguilar, que se tatuó la imagen en el hombro derecho.

"Es más bonito que nos una un tatuaje a que la enfermedad”, dice María Isabel Jiménez

Las participantes en la iniciativa pertenecen a la Asociación de Mujeres Operadas de Cáncer de Mama (Asamma). Allí se conocieron. Yendo a la psicóloga para aplacar sus miedos, a la fisioterapeuta para combatir la hinchazón del brazo (una de las secuelas de la extirpación de los ganglios) o las reuniones con otras afectadas para encontrar comprensión. Y allí, en Asamma, fue donde Rosa María lanzó la idea de tatuarse el lazo rosa.

“Nos tatuamos por compañerismo. Si pasamos más tiempo juntas, en la asociación, que con los maridos... Nos hemos conocido por el cáncer. En una vida sin la enfermedad no nos habríamos cruzado”, reflexionaba Susana Pacheco.

María Isabel Jiménez ahora va por los 44 años. Tenía 32 cuando le diagnosticaron la enfermedad. Hoy mira hacia atrás son una amplia sonrisa y sus ojos vivaces. Ya se había hecho un tatuaje en la espalda, para disimular la cicatriz que le quedó del músculo y la piel que le quitaron de esa parte del cuerpo para reconstruirle el pecho. El lazo rosa que se tatuó ayer por encima del codo ya era sólo por visibilizar su pertenencia al clan de las supervivientes.

La tatuadora que eligieron no era casual. Mariló lleva casi dos décadas haciendo tatuajes y micropigmentación para simular la areola del pezón en mujeres a las que la cirugía le ha arrebatado una seña de su identidad sexual. “Con el cáncer de mama, el espejo deja de ser tu amigo. Hay mujeres que no se cambian delante de sus hijos, que no van a un gimnasio para que no las vean en la ducha o que dejan de ir a la playa”, comentaba. Así que ella interpretaba el gesto de tatuarse el lazo rosa como algo más que grabarse una imagen en la piel. “Es psicológico, es cerrar una etapa”, opinaba.

Las que se tatuaban no sólo eran supervivientes. También había familiares y amigas. Era el caso de Patricia, hermana de Esther, que mostraba orgullosa su lazo rosa. O Lorena Muñoz, amiga de Rosa María, que estaba en la cola para hacerse un discreto diseño en el meñique.

Mientras tatuaba a María Isabel, Mariló reflexionaba que haber tatuado a mujeres para simular la anatomía previa a la cirugía ha sido “la parte de mi trabajo que más satisfacción personal me ha dado” porque “las connotaciones que tiene, van más allá del servicio de un tatuador normal”. Luego contaba que incluso le ha tatuado el pezón a un chico joven que sufrió cáncer de mama; ya que aunque en casos excepcionales, la patología también se da en varones.

María Isabel resumía el sentimiento de todas: “La asociación nos ha ayudado en muchos aspectos. Yo siempre me quise hacer uno y es más bonito que nos una un tatuaje que la enfermedad”. Así que allí estaba ella, como las demás, sacando a flor de piel el vínculo invisible que desde hace tiempo ya llevan por dentro.

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