A estas alturas, querido lector
Calle Larios
Es muy probable que hasta el más paciente esté harto, hastiado, cansado, loco por tomar las de Villadiego
Pero sólo cabe el empeño en intentar sacar algo bueno de todo esto
A estas alturas, querido lector, ya habrá celebrado la cena de Nochebuena. Ya habrá pasado el trago de decidir cuántos se reúnen, dónde, con qué distancias de seguridad y, lo más peliagudo, quién se queda fuera. A estas alturas, tal vez, habrán quedado olvidadas las risas, las viandas, los villancicos, las discusiones, los reproches y los malos ratos. Eso, en el caso de que usted haya sido uno de los afortunados con opción a pasar las fiestas en familia, ya sean más o menos, y en condiciones dignas. A estas alturas, quién sabe, tal vez haya contraído usted el coronavirus, o quizá haya permanecido en contacto estrecho con algún positivo a posteriori, a lo mejor el típico cuñado que se pasó la Nochebuena repartiendo besitos y que mandó al grupo de wasap la foto del test de antígenos marcado en rojo al día siguiente. De ser así, no habrá más remedio que apechugar, resignarse al encierro y cruzar los dedos para que todo se quede en eso, sin síntomas indeseables. Quizá, si está usted de vacaciones, el engorro no vaya más allá de la incomodidad y el aburrimiento; o, tal vez, si tiene usted que trabajar, lo que puede considerarse a estas alturas un signo de buena suerte o todo lo contrario, la broma pueda salirle por un ojo de la cara y dejarle en una posición delicada. A lo mejor, veámoslo por el lado positivo, ha rascado usted una buena tajada del gordo gracias a aquel décimo que le trajo su tito de la estación de servicio de La Roda y todo esto le importa poco menos que un pimiento. O puede ser que, un año más, la suerte haya pasado de largo, con el agravante de que el consuelo a costa de la salud vuelve a venderse particularmente caro. A estas alturas, lector, a lo mejor ha escrito y enviado la carta a los Reyes Magos, o ha desistido de hacerlo, tal vez porque considere que tampoco vale la pena, o que no se merece una compensación por el balance moral de este año en el que los demonios han corrido más de la cuenta, o esté disfrutando los regalos de Santa Claus, o del amigo invisible, o de quien usted quiera. Tampoco hay que descartar a estas alturas que usted, lector, que tal vez lee este artículo sentado en un bar donde le han pedido el certificado Covid, no espere ya regalos de nadie, ni felicitaciones, ni expresiones de buena voluntad, ni un hueco en la memoria de alguien con quien alguna vez compartió algo que usted creyó hermoso. A estas alturas, quién sabe. A lo mejor el camarero que le ha pedido el certificado está deseando que se largue para que otro consumidor ocupe su puesto. O a lo mejor él, o ella, está igual de solo, o de sola. Cualquiera sabe lo que sucede en las casas de la gente, de puertas adentro. Por no hablar de las cabezas de quienes, a estas alturas, tampoco tienen una casa a la que volver luego. A estas alturas, seguramente, le dará igual salir a la calle con la mascarilla o sin ella. Y que cante Pedro Sánchez misa, si quiere.
A estas alturas, lector, tal vez esté usted harto de Málaga. Hasta el gorro, hastiado. Cansado de ruido, de suciedad, de la ausencia de servicios, de que nada funcione, de turistas a todas horas y en todas partes, de que te planten una procesión en plena Navidad, del alumbrado de la calle Larios y de la madre del cordero. Puede ser que, a estas alturas, haya manifestado usted el empeño, otra vez, y las que nos quedan, de tomar las de Villadiego, no puedo más, me largo, vamos a buscar de una vez esa casa en el campo, ya no aguanto tanto atasco, tanto parking completo, la hora larga que tardamos en llegar a cualquier sitio, los autobuses atestados de gente que no para de toser. A lo mejor, si pudiera, se largaría a otra parte hoy mismo. Tal vez puede y lo desea pero hay motivos de peso que sentencian su permanencia entre nosotros. O, bueno, pongamos que a estas alturas su decisión de vivir en Málaga sale reforzada, una convicción aún más fuerte, más serena y consciente. Hace unos días alguien me contaba que vive su relación con Málaga como un amor tóxico: uno siempre tiene motivos más que justificados para largarse pero al final aquí estamos, sin movernos del sitio, movidos por esa costumbre ciega a la que Shakespeare, ciertamente, llamó amor. Al mismo tiempo, ya ve usted, lector: hay tanta gente ahí fuera deseando instalarse aquí que, como les dé por coincidir, no va a haber sitio para todos. Ahí están esos técnicos de ciberseguridad de Google, todos esos expertos en nuevas tecnologías, profesionales de postín harto conocedores de las últimas tendencias, gurús de lo nuevo, deportistas de élite y apóstoles de la cultura rabiando por plantarse en el Muelle Heredia y aprovecharse de las virtudes del teletrabajo para tener sol garantizado casi todos los días del año. A estas alturas, lector, quien venga o deje de venir a lo mejor le da lo mismo. Y será razonable. Pero, si se trata de expresar buenas voluntades, no está de más alzar un poco la voz para pedir una ciudad en la que quepamos todos. Incluidos los pesados que, tal vez como usted, tal vez como yo, amenazan con plantar el nido en otra parte. Aunque no siempre vayamos al centro a comprar ni a consumir.
En fin, que a estas alturas, querido lector, andará usted seguramente haciendo balances con una mano y planes con la otra. Se supone que, a estas alturas, toca revisar lo perdido y lo ganado en el 2021 y barajar las expectativas convenientes respecto a 2022. En una época de incertidumbre plena como la que nos ha tocado no hay, tal vez, tarea más difícil que la de ponerse en perspectiva y extraer algo bueno de todo esto. Pero no nos queda otra, me temo. Aunque quizá usted, lector, lo único que pide a estas alturas es que le dejen en paz. Ya está, ha quedado claro: ni hemos salido mejores, ni más guapos, ni más fuertes ni más acompañados. Parece, maldita sea, que somos más pobres y más débiles, que estamos más solos y que, hablo por un servidor, nos hemos quedado más feos. Ante tal diagnóstico, lo único que puedo decir, querido lector, es que yo, al menos, lo intentaré otra vez. Procuraré darle coartada a la alegría, porque también ha quedado claro que la alegría depende ahora mucho más de cuestiones pequeñas, gratuitas, inadvertidas, hasta ridículas. Y, ya que estamos con las dichosas expresiones de buena voluntad, le conmino, lector, a hacer lo mismo. Siempre que le queden ganas, claro. Quién sabe, a estas alturas.
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