calle larios

Más feos, más horteras

  • lPues parece que quienes piensan que Málaga no es más que la prolongación de la terraza del hotel han ganado la batalla

  • Pero nadie necesita debatir sobre el modelo de turismo preferible

Una imagen tomada en la calle Larios hace sólo unos días. Sobran las palabras. Una imagen tomada en la calle Larios hace sólo unos días. Sobran las palabras.

Una imagen tomada en la calle Larios hace sólo unos días. Sobran las palabras. / javier albiñana

Cuando de viajar se trata, prefiero los hoteles. Nada de albergues ni de campings. Me encanta patearme una ciudad entera, de arriba a abajo, y regresar después rendido a la comodidad de mi habitación. Me gusta cotillear en sus cafeterías, en sus espacios comunes, comprobar la eficacia de sus servicios e indagar en la historia de estos establecimientos: mi particular cima en este sentido lo constituye el Hotel Chelsea de Nueva York, allí donde Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke acordaron rodar 2001. Una odisea del espacio, donde el poeta Dylan Thomas murió tras una monumental borrachera y donde Leonard Cohen y Janis Joplin compartieron un apasionado romance que el primero convirtió en canción. Allí anduve yo, como musulmán en La Meca, antes de que el negocio pasara tristemente a mejor vida. Del mismo modo, cada vez que abren un hotel nuevo en Málaga me gusta hacerme el guiri y dejarme caer por allí, visitar sus jardines, sentarme un rato en sus recibidores y ver qué hay en la última planta. Por esto me parece genial que La Equitativa vaya a convertirse en un hotel de cinco estrellas, y que vayan a construir otro de cuatro en Madre de Dios. Si el hotel proyectado en el Puerto no constituyese por su altura un atentado contra el paisaje patrimonial de Málaga y su perfil histórico, si lo levantasen en otra parte donde no hiciese daño y sin necesidad de rascar el cielo, yo sería el primero en entrar al bar y pedir un helado. El problema es que, a día de hoy, la única iniciativa que respira en Málaga en materia turística queda en mano de los promotores inmobiliarios implicados en la construcción de estos hoteles, independientemente de las mayores o menores facilidades que conceda la administración. Es decir, no hay nada parecido a un debate sobre la evolución del sector, ni a una inquietud política sobre la calidad del turismo que llega a Málaga. Nadie ha puesto sobre la mesa la pregunta en torno a qué turismo queremos. E igual va haciendo falta. Es cierto que Málaga invierte millones de euros todos los años en busca de un turismo cultural a base del mantenimiento de sus museos, y sí, la marca ha dado sus frutos, sobre todo en lo que se refiere a proyección. A pie de calle, sin embargo, da la impresión de que los atractivos principales son los mismos de siempre y que los museos funcionan más bien como complementos añadidos al sol, la playa y sobre todo el buen tiempo que permite el solaz en las terrazas a cualquier hora del día. Porque los comportamientos turísticos que se perciben, y aquí está el quid de la cuestión, distan mucho en gran parte de ese público que decide salir de viaje por razones estrictamente culturales.

Que existe una masa de visitantes nada desdeñable que acude a Málaga a disfrutar de sus encantos con nobles dotes de civismo es público y notorio. Un servidor trabaja en la calle Larios y casi a diario atiendo a turistas que me piden indicaciones para llegar a tal o cual sitio; casi siempre son amables y los encuentros se producen en las más deseables normas de cortesía. Al mismo tiempo, no obstante, la cantidad de turistas que se pasea por ahí sin camiseta, caminando por la calle Granada como si no hubieran salido de sus hoteles, y que de esta guisa se sientan a que les sirvan sus tintos y sus paellas, se expande hasta el punto de que quienes nos oponemos a estas prácticas ya damos por perdida la batalla. A menudo se trata de niñatos cafres al estilo Magaluf que van por ahí con la convicción de que el cortijo es suyo y sólo saben comunicarse a base de gritos, pero ya los hay de todas las edades y todos los tamaños, viejos, feos y horteras que se quitan la camiseta en la calle Larios para que todos admiremos la podredumbre de sus sobacos. Estaría bien que esta ciudad comprendiera de una vez que un torso desnudo es una falta de respeto que debería ser sancionada ipso facto. Que se quitan las camisetas en nuestra casa. Y estaría aún mejor que de una vez la administración tuviera claro qué turismo es el que más conviene a Málaga, porque no todos los que vienen son iguales, no todos ofrecen la misma imagen y no todos merecen la misma consideración. Se respira cierta preocupación por llamar a cierto turismo de alto standing (vía torre del Puerto) que a menudo es el primero que se quita la camiseta. No, la prioridad debería ser otra. Dignidad, la llaman.

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