Historia de Málaga Blas de Lezo: la semilla del héroe

  • El almirante, reivindicado hoy como emblema de la historia militar de España, tuvo en la Batalla de Vélez-Málaga su bautismo de fuego

Óleo de Esteban Arriaga realizado en 1998 que recrea la Batalla Naval de Vélez-Málaga de 1704. Óleo de Esteban Arriaga realizado en 1998 que recrea la Batalla Naval de Vélez-Málaga de 1704.

Óleo de Esteban Arriaga realizado en 1998 que recrea la Batalla Naval de Vélez-Málaga de 1704. / M. H.

El 4 de agosto de 1704, las fuerzas navales anglo-holandesas dirigidas por el almirante neerlandés George Rooke conquistaron Gibraltar. Se trató de la primera gran empresa militar del siglo XVIII en Europa y la Corona británica no escatimó en medios: 3.614 cañones y 22.543 marinos repartidos en 53 buques de línea y seis fragatas al mando de los almirantes Shovel, Callenburgh y el propio Rooke fueron empleados para la toma del peñón, que se desarrolló con más dificultades de las esperadas. Las naves gastaron mucha más munición de la prevista, pero aún así Rooke se empeñó en tomar otros puertos del sur de la Península y el norte de África para impedir la reunión de la armada francesa, repartida entonces entre el Mediterráneo y el Atlántico. La apuesta de Rooke por continuar una escalada que teñiría de sangre la Guerra de Sucesión Española culminaría sólo veinte días después de la toma de Gibraltar en la Batalla Naval de Vélez-Málaga.

Retrato de Blas de Lezo conservado en el Museo Naval de Madrid. Retrato de Blas de Lezo conservado en el Museo Naval de Madrid.

Retrato de Blas de Lezo conservado en el Museo Naval de Madrid. / M. H.

Tras la conquista de Gibraltar, un contingente franco-español de 3.577 cañones y 24.227 hombres repartidos en 51 buques de línea, seis fragatas, 12 galeras y ocho naves incendiarias dirigidas por los Condes de Tolosa y Fuencalada y el Duque de Cursis partió desde Barcelona y Mallorca en dirección al estrecho con la intención de recuperar el peñón. Sin embargo, se encontraron en el litoral malagueño con las fuerzas comandadas por Rooke, quien antes había intentado asaltar Ceuta sin éxito y decidió tomar rumbo a la Costa del Sol para proseguir su empresa. Allí se desató una batalla en la que los cañones y los marineros participantes triplicaron a la de Trafalgar. El número de víctimas mortales ascendió a 4.500 1.500 de la flota franco-hispana y 3.000 de la escuadra anglo-holandesa, aunque los documentos hallados hasta la fecha sólo mencionan entre tres y cinco naufragios, todos ellos correspondientes a naves de Rooke algunos registros citan hundimientos de fragatas británicas como el Royal Catherine, el Ranelagh, el Suffolk, el Monmouth y el Jumper Lennox, mientras que el buque insignia holandés, el Graf van Albernate, resultó dañado aunque no naufragó. La Miscelánea de Historia de Italia de 1867 asegura que las fuerzas franco-hispanas no perdieron un solo barco. Pero las investigaciones no han logrado aclarar cómo pudieron morir 4.500 personas en un enfrentamiento en el que sólo se produjeron estos naufragios y en el que una de las partes sufría una importante carencia de munición. Entre toda esta muchedumbre, donde cuesta, todavía hoy, dilucidar entre vencedores y vencidos (de manera todavía enigmática, Rooke logró escapar del envite franco-español, pero regresó a Inglaterra sin haber tomado ni uno solo de los puertos mediterráneos que había prometido a la Corona además de Gibraltar, aunque fue recibido como un héroe) tuvo su particular bautismo de fuego una figura que resultaría determinante para la historia militar de España: el futuro almirante Blas de Lezo, que participó en la Batalla Naval de Vélez-Málaga con sólo quince años y que en aquel episodio perdió la pierna izquierda, fatalmente herida y posteriormente amputada tras el impacto de una bala de cañón. Aquella mutilación, por debajo de la rodilla, fue la primera de una larga cosecha de mermas que Blas de Lezo atesoró en su anatomía como signo inequívoco de su coraje.

Blas de Lezo participó en la batalla con sólo 15 años, tras estudiar en el Colegio de Francia

Que un joven de quince años terminara enrolado en una batalla de tal calibre, donde además de la magnitud de la violencia empleada el destino de la Guerra de Sucesión parecía quedar comprometido, da buena cuenta de las propias condiciones de vida de la España de comienzos del siglo XVIII, pero también de la valía como soldado del hoy reivindicado como gloria nacional Blas de Lezo (Pasajes, Guipúzcoa, 1689 – Cartagena de Indias, 1741). Aunque entre sus antepasados se contaban algunos referentes de cierta relevancia social (incluido un religioso que llegó a ser obispo en Perú en el siglo XVI), Blas de Lezo recibió su formación básica en el Colegio de Francia, reservado a los hijos de los estratos menos destacados de la nobleza. Para entonces, la armada de Francia se había revelado como aliada de España en la Guerra de Sucesión que estalló después de que Carlos II falleciera sin descendencia. En gran medida, eso sí, la precocidad de Blas de Lezo se debió a las circunstancias: siendo aún estudiante, el rey francés, Luis XIV, fomentó un intercambio de efectivos militares entre Francia y España en todos los niveles para aportar consistencia a la alianza. La decisión afectó de lleno a un Blas de Lezo estudiante en el Colegio de Francia que ya a sus doce años se enroló en la armada francesa como guardamarina a las órdenes del conde de Toulouse, y en estas filas participó en la Batalla Naval de Vélez-Málaga: como soldado español pero bajo bandera francesa. En cualquier caso, el valor demostrado obtuvo su recompensa, aunque fuese con una pierna menos: en Francia, Luis XIV le ascendió a alférez y en España Felipe V le concedió el hábito por el que pudo obtener diversos privilegios de la aristocracia. La valentía prendida en Blas de Lezo tras la Guerra de Sucesión, en el Caribe, el Pacífico, el Mediterráneo y Cartagena de Indias, tanto en la conquista de Orán como en la Guerra del Asiento, así como anteriormente en el Sitio de Barcelona, tuvieron su semilla en la costa de Torre del Mar, tal y como atestigua hoy una escultura erigida en su memoria en el paseo marítimo.

El futuro almirante perdió la pierna izquierda tras el impacto de una bala de cañón

En cuanto a la batalla, los testimonios reunidos por los historiadores Francisco Montoro y Miguel Ranea demuestran que Francia e Inglaterra se adjudicaron la victoria tras la contienda. Los testimonios del propio rey Luis XIV, de Lord Archibald Hamilton y del Marqués de San Felipe afirman que si los condes de Tolosa y Fuencalada hubiesen salido a la captura de Rooke tras la batalla, y dado que sus mermas eran mucho menores, Gibraltar podría haber sido recuperada para España. Pero no lo hicieron. Y los motivos constituyen todavía hoy un misterio. Este vacío explica, por ejemplo, que toda una autoridad como el historiador norteamericano Alfred Thayer Mahan, considerado en el siglo XIX el primer gran experto en historia naval, afirmara que la Guerra de Sucesión “no presentó ninguna acción naval importante desde el punto de vista militar”. Más allá de los resultados, la historia deparó más bien una raíz: la del verdadero héroe sin el que la historia habría sido bien distinta.

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