Crítica de Teatro | 'Lehman Trilogy'

Y los trileros domaron a los leones

Representación de ‘Lehman Trilogy’, la obra que dirige Sergio Peris-Mencheta. Representación de ‘Lehman Trilogy’, la obra que dirige Sergio Peris-Mencheta.

Representación de ‘Lehman Trilogy’, la obra que dirige Sergio Peris-Mencheta. / Lucas Caraba

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El espectador entra a Lehman Trilogy como si se tratase de un circo, y pronto descubre que la maquinaria dispuesta persigue un objetivo claro y distinto: el asombro. Pero el espectáculo se da en dos niveles distintos, el que conduce a la admiración por la calidad de la ejecución y el que sirve de representación, no exenta de intenciones poéticas, a la evolución del capitalismo como lenguaje común del mundo en el último siglo y medio. Lehman Trilogy respira teatro por todas sus costuras y a la vez demuestra hasta qué punto el teatro es un instrumento eficaz para revelar, con claridad y valentía, cómo funcionan las cosas. En este sentido, la ambición del texto de Stefano Massini es en cierta medida clásica, al ofrecer un espejo en el que el ser contemporáneo puede reconocerse como pieza de un engranaje. Y el gran acierto de Sergio Peris-Mencheta es el de haber vestido el engranaje de más difícil todavía, de no va más servido para dejar al personal con la boca abierta. Ni el capitalismo ni la evolución de occidente en el mismo plazo podrían entenderse sin su espectacularización: la historia que empieza con la llegada de los inmigrantes judíos a EEUU y que conduce a la quiebra aún latente es la de unos trileros que han aprendido a domar a los leones. Los clientes se desangran y a la vez continúan mirando, pendientes de no perderse un ápice del show. Las casi cuatro horas en las que se prolongó este miércoles Lehman Trilogy sucedieron con el público clavado a sus butacas, sometido al hechizo, encantado con todos los números. Y rara vez hemos visto en escena una recreación tan fidedigna y de tan largo alcance del mundo que creíamos haber conocido.

La pista giratoria sobre la que fluyen con agilidad vertiginosa las sucesivas escenas brinda un más que acertado contexto para que los seis actores / músicos / cantantes logren dar vida a un centenar largo de personajes en una capacidad de metamorfosis que trasciende, con mucho, los talentos individuales (aunque la construcción que hace Víctor Clavijo de Philip Lehman en la segunda parte es sencillamente prodigiosa). Todo en este montaje, la dramaturgia en altura, la dirección calibrada al milímetro, la soltura con la que se dice el texto desde la lengua sin pasar por la cabeza, el instinto feroz con que se resuelve la comedia, la ilustración respecto a los procesos, todo constituye un monumento al teatro como juego. Porque hacía falta invocar directamente la imaginación del espectador para que el fabuloso engaño que sostiene el siglo XXI quedara, al fin, manifiesto: había que poner las cartas boca arriba con toda esta charanga para que pudiéramos intuir el volumen de la farsa. El resultado, brutal, nos devuelve un teatro sano y armado de razones. Que no pare la fiesta.

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