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'Los hijos' | Crítica

Desde la raíz improbable

Joaquín Climent y Adriana Ozores, en 'Los hijos'. Joaquín Climent y Adriana Ozores, en 'Los hijos'.

Joaquín Climent y Adriana Ozores, en 'Los hijos'. / M. H.

Lo primero que cabe decir de Los hijos es que el texto de la británica Lucy Kirkwood es un drama endiabladamente bien escrito, que retoma la tradición anglosajona del género en su formulación más feliz para llevarla a un espacio distinto, misterioso y perturbador, incómodo si se quiere, en cualquier caso nunca complaciente. La obra parece servida a prueba de los espectadores poco inclinados a darse por satisfechos: conviene poner bastante carne propia en este asador para que la satisfacción prenda, pero una vez afirmada la consolación es mucha. En el contexto posterior a una catástrofe nuclear (empieza a ser digno de estudio, por cierto, el creciente interés de los dramaturgos de la era millennial en los contenidos científicos, especialmente la física, seguramente el imprevisto vellocino de oro de la postmodernidad), Kirkwood presenta a unos personajes extraídos de cualquier atisbo de raíz, sumidos en un limbo distópico, en una lucha por echar raíces a cuenta de unos hijos cuyos vínculos parecen estar seriamente dañados. Lo mejor del texto es, claro, el modo en que su autora insinúa más que cuenta, y precisamente en lo que calla se encuentra el eje central de la obra. Los hijos es, ciertamente, un milagro de la dramaturgia contemporánea.

Con tal premisa, David Serrano se limita a dejar el texto fluir como principal criterio para la dirección. Su versión es esmerada y honesta aunque se resiente de ciertas coletillas que en el inglés original tienen un sentido bien concreto aunque en castellano habrían merecido otra traducción o quizá, mejor, su directa eliminación. La escenografía recrea con fidelidad, pero con suficiente espacio para la imaginación, la casa perdida en el campo y sometida a continuos cortes de electricidad en la que suceden los hechos; Serrano sitúa en este límite a los personajes y acierta a la hora de conducirlos entre las ansias de contacto y el escrúpulo inevitable. Adriana Ozores, Susi Sánchez y Joaquín Climent componen un triángulo emocional llevado al filo del cuchillo, que no termina de decirse ni de conocerse, con mucha verdad y un admirable sentido del oficio. Vimos así bastante más que una buena obra de teatro. Tal vez un camino a seguir.

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