Santi Fernández Patón. Escritor

"La lucidez fracasa si no se comparte"

  • El ganador del Premio Lengua de Trapo en 2014 con 'Grietas' regresa con 'Península' (Mitad Doble), distopía de largo alcance que presentará este viernes en La Casa Invisible.

La concesión del Premio Lengua de Trapo hace un par de años por su novela Grietas a Santi Fernández Patón, nacido en Madrid en 1975 pero residente en Málaga desde hace ya varios lustros, reveló a un escritor virtuoso y con la precisión propia del cirujano, especialmente hábil a la hora de construir personajes e insertarlos en contextos deshumanizados. Ahora, el autor regresa con Península, distopía en torno a la asimilación de la doctrina como pensamiento libre y la univocidad de la Historia que acaba de publicar el sello malagueño Mitad Doble ediciones. Fernández Patón presentará esta obra junto al editor Santos Moreno el próximo viernes 30 a las 19:30 en La Casa Invisible (C/ Nosquera, 11).

Aunque protagonista de un nuevo lanzamiento, Península no es propiamente una nueva novela; muy al contrario, su recorrido es inusualmente amplio, tal y como explica su autor a Málaga Hoy: "Escribí la novela en Madrid, en el último curso de carrera, con 23 años recién cumplidos, hace dieciocho. Escribía habitualmente desde la adolescencia, y en la Universidad de hecho escribí mucho, pero la primera obra por la que sentí cierto orgullo fue Península, cuyo primer título fue El joyero. En gran medida, la escritura está influida por la lectura del Ensayo sobre la ceguera de Saramago, que me marcó especialmente". De este modo, la obra que ahora ve la luz permite al lector asistir, en primera fila, a la forja de un escritor: "Escribía a mano y luego iba a una biblioteca que había al lado de donde vivía, en La Latina. Allí la pasaba a ordenador. Lo hacía así porque en una charla escuché a Belén Gopegui contar que ella seguía este procedimiento y pensé que si le daba a ella tan buen resultado también podría suceder lo mismo conmigo. Cuando la terminé la envié a varias editoriales, sin éxito. Pero me seguía sintiendo satisfecho con ella, así que, aunque la aparté, no la deseché del todo. Algunos años después, cuando ya vivía en Málaga y me acababan de despedir de mi trabajo de teleoperador, buscando entre mis papeles encontré el disquete donde tenía la novela. Vertí aquello en un archivo y al leerla de nuevo me sorprendió porque no me identificaba con ella en absoluto, me parecía escrita por otra persona. Pero todavía me convencía, me seguía resultando interesante. Me lié a trabajar en ella y a reescribirla durante los tres meses que estuve cobrando el paro. Cuando terminé, volví a dejarla a un lado hasta que hace poco los amigos de Mitad Doble, para quienes yo había coordinado algunos talleres literarios, me invitaron a publicar algo con ellos; leyeron Península y les encantó".

En el más puro registro distópico, sin una delimitación temporal concreta y con la Península del título como trasunto de territorios ampliamente conocidos, la novela tiene como protagonista a un personaje que aprende el oficio de joyero en un mundo donde están prohibidas las profesiones que no generan una rentabilidad económica inmediata, por lo que ejerce en la clandestinidad. Mientras tanto, empieza a trabajar con un amigo en un centro especial en el que es reclutado para copiar en un lenguaje único todos los documentos relativos a Península, hasta que su amigo ingresa en un manicomio a cuenta de algunas ideas leídas en estos documentos. Al contrario que otros autores proclives al género distópico, Fernández Patón no ve, o prefiere no ver, conexiones entre Península y la realidad social del presente, y no sólo porque escribiera el relato hace ya casi dos décadas: "La novela es una distopía de cierto carácter pesimista sobre el adiestramiento de la mirada, sobre cómo interiorizamos directrices ajenas con la ilusión de que son pensamientos propios. El protagonista es un personaje que descubre este engaño y decide rebelarse contra el orden impuesto, pero lo hace a título individual, en soledad. Desde el 15-M podemos decir que en España ha surgido una determinada conciencia, pero es una conciencia colectiva. Si podemos delimitar un mensaje, diría que la lucidez que no se comparte acaba condenada al fracaso". Como detalle significativo, Fernández Patón dedica la novela a la memoria de Juan Blanco, profesor de filosofía de quien el autor aprendió a viva voz igualmente en cierta clandestinidad y a quien también Belén Gopegui dedicó una novela. En plena tiranía del mercantilismo utilitarista, Fernández Patón reivindica el papel esencial de las humanidades: "Ya cuando escribí la novela escuchaba en la Universidad que la filosofía no servía para nada, que sólo la estudiaban los que peor nota traían de selectividad y que estaba abocada a desaparecer. La situación actual se viene sufriendo en realidad desde hace mucho".

En cuanto a la ciencia-ficción como matriz de la distopía, Fernández Patón valora el interés de muchos lectores en el género y el hecho de que aparezcan nuevas editoriales independientes consagradas al mismo, como la malagueña El Transbordador. No obstante, matiza Fernández Patón que cuando se habla de géneros "a menudo lo que se hace es poner barreras. Yo prefiero hablar de temas y dejar lo del género como una mera herramienta para llegar a un público determinado". Que conste: Península es para todos.

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