Muere Manuel Alcántara El maestro del mantel

  • No le gustaba el sentimentalismo, ni la coba, y era demasiado inteligente como para disfrutar de los halagos. No solo sabía vivir, él mismo, sino que sabía hacer entender la vida a los demás

Manuel Alcántara Manuel Alcántara

Manuel Alcántara

ME resulta muy difícil escribir del maestro. No le gustaba el sentimentalismo, ni la coba, y era demasiado inteligente como para disfrutar de los halagos, con lo que ahorraré en floreo, y trataré de ir al grano. Era un conversador prodigioso. Uno de sus búhos decía estos días que el maestro oral era mejor que el maestro escrito, y no puedo estar más de acuerdo.

El tiempo volaba sentado con el maestro a una mesa, y era ahí dónde uno más podía aprender de él. Por supuesto de literatura, o de columnismo, o de periodismo, o de poesía. Va de suyo, que diría otro de sus búhos. Pero sobre todo, y fundamentalmente, de la vida. De la forma de hacer que este tráfago de accidentes y casualidades tenga algo de valor y de sentido, que pasa necesariamente por saber enfrentarse a sus contradicciones. Para amar la vida no solo hay que saber aceptar sus sinsabores, hay que saber incluso apreciarlos.

Una de las cosas que primero me llamó la atención del maestro es que siendo un grandísimo vividor, no dejaba nunca de tener presente la muerte, jamás. Pero no de una forma temerosa, ni dramática, ni sobreactuada, sino de una forma natural, amable y por supuesto jovial. Para él la muerte hacía mejor la vida. No es que la muerte diera sentido a la vida, que es algo que te bloquea y te convierte en un cenizo, algo imperdonable para él. Sino que la conciencia de la muerte hace más alegre la vida, más fácil y más digna de vivir, por la sencilla razón de que la libera de la pesada carga del ego, de lo banal y de lo accesorio. La limpia de tonterías. Y esa enseñanza, tan importante pero tan difícil, resultaba casi obvia cuando pasabas un rato con él.

No solo sabía vivir, él mismo, sino que sabía hacer entender la vida a los demás. Y no con un sesudo discurso, ni con una lección magistral, ni con una cita erudita, sino entre risas, con una copa, delante de un mantel, y de tal forma que lo que era prácticamente imposible era no aprender algo importante de lo que decía. Hace unos años, comiendo con él en mi 40 cumpleaños, tuve la suerte de tenerlo sentado justo al lado. Yo llevaba bastante rato dando un coñazo terrible con el paso del tiempo, con lo rápido que corría la vida, con la pérdida de la juventud y con mil gilipolleces más. El maestro, pacientemente, me dejó terminar la soflama, y cuando acabé simplemente me miró y me dijo: “Capitán, quién pillara de nuevo los 83”. Así de sencillo. Maestro, quién pillara de nuevo ese mantel.

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