Francisco ferrer lerín. escritor

"Los 'novísimos' eran unos pijos, pero es que a los barceloneses nos gusta epatar"

  • El autor, verdadera leyenda de la literatura española del último siglo, presentó ayer en el CAL su libro 'Besos humanos' e inaugura hoy en el Rectorado la exposición 'Un experimento'

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), ayer, en el Centro Andaluz de las Letras. Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), ayer, en el Centro Andaluz de las Letras.

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), ayer, en el Centro Andaluz de las Letras. / javier albiñana

La aparición de los poemarios De las condiciones humanas (1965) y La hora oval (1971) consagró ya a Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) como uno de los escritores más prometedores de su generación. Sin embargo, el autor se trasladó a Jaca para trabajar como ornitólogo de aves necrófagas en el Pirineo Aragonés y guardó un escrupuloso silencio literario durante más de treinta años, en los que desempeñó otros oficios bien atípicos. Cuando regresó en 2005 con su novela Níquel la leyenda ya estaba forjada a la altura de su fama como jugador de póquer, pero a pesar de ella el escritor emprendió una de las aventuras literarias más fascinantes del último siglo en verso y prosa, jalonada con títulos imprescindibles como El bestiario de Ferrer Lerín (2007), Fámulo (2009), Familias como la mía (2011) y Hiela sangre (2013), en los que hace un alarde sin muchos precedentes de imaginería y proyección lingüística. Admiradores como Félix de Azúa y Enrique Vila-Matas lo han convertido en personaje de novela, pero Ferrer Lerín sigue escribiendo a pesar de todo. Ayer presentó en el Centro Andaluz de las Letras el libro Besos humanos (Anagrama), una selección de prosas bajo la edición de Ignacio Echevarría, y hoy inaugura en el Rectorado Ferer Lerín. Un experimento, una exposición comisariada por Yolanda Ochando y Luis Ordóñez que presenta por primera vez piezas de vídeo, performances, documentos y otros elementos inéditos correspondientes a sus años sin escritura.

-Afirma Ignacio Echevarría que con Besos humanos aspira a paliar su leyenda de escritor raro, pero ¿es posible a estas alturas?

Quiero creer que he sido muy poco influido por los demás, del mismo modo en que no he influido a nadie"

-Sí, bueno, yo ya había publicado en Tusquets, que es una editorial similar a Anagrama. Desde que se publicó este libro el pasado abril se han publicado 27 reseñas, me han hecho entrevistas en muchos medios, ha salido en todas partes. Pero nadie me ha dicho todavía que vayamos por la quinta, la cuarta, ni siquiera por la segunda edición. Así que seguramente estoy condenado a esta especie de ostracismo, o tal vez tengo un perfil de lector muy delimitado. Soy consciente de que me lee gente joven con un poder adquisitivo más bien bajo, y me consta que los libros se los pasan, como si fueran otra cosa.

-Mal negocio.

-Sí. Siempre es grato que te lea mucha gente.

-¿Tal vez se debe su condición de raro a su relación natural con un elemento tan puesto bajo sospecha en la literatura española como la imaginación?

-Eso no lo había pensado. He ido cambiando de géneros porque todos los géneros me parecen iguales. Desde hace algunos años escribo sobre todo una especie de textos breves, poéticos, circulares, que publico sobre todo en mi blog. Precisamente, Besos humanos recoge algunos. Sé que está mal decir esto, pero uno de mis doctorandos le puso a estos textos particulares el nombre genérico de casos, y con eso se han quedado.

-¿De verdad estuvo usted treinta y tres años sin escribir?

-Sí, totalmente. Fue un periodo de una agrafía absoluta.

-Pero eso es psicológicamente letal para un escritor.

-No, a ver, yo empecé a escribir a los 16 años. Se han dicho de mí cosas como que soy el padre nutricio de los novísimos, pero eso es un disparate, no tengo nada que ver con ellos. A mí nunca me ha costado escribir. Siempre digo que lo que escribo procede de un ruido que tengo en la cabeza, un poco como la música. Como ornitólogo soy, ante todo, un ser musical. Pero volviendo a lo de antes, es verdad que la decisión de no escribir durante tanto tiempo me convirtió en un personaje particular, muy a mi pesar. Mi biografía me pesa como una losa. Me he dedicado a los oficios más dispares, he sido ornitólogo de aves necrófagas, jugador de póquer profesional he trabajado en servicios de prospección y he explotado canteras. Todo esto creó una especie de leyenda que sobre todo cuando volví a escribir, llamó la atención de mucha gente.

-Volvió en 2005 con la publicación de su novela Níquel, que antes fue un guion cinematográfico fallido. ¿Cómo le pudieron seguir quedando ganas?

-Sí, el guion me lo encargó el escenógrafo Frederic Amat, pero me pasé de listo. Hice un guion a la vez técnico y literario. Y eso que teníamos a Penélope Cruz, cuando era Penélope Cruz. A pesar de todo su encanto, aquello no salió. Algunos amigos como Félix de Azúa y Fernando Savater me insinuaron que debía emplear el material para escribir una novela, y eso hice.

-Hablaba antes de la ornitología y la música y eso me ha recordado a Olivier Messiaen.

-Sí, bueno, ideológicamente no íbamos por el mismo camino.

-Imagino, pero Messiaen escribía música para imitar el canto de los pájaros. ¿Los buitres le inspiraron a usted alguna historia?

-No. Yo me dediqué a la ornitología de campo. Me trasladé al Pirineo Aragonés y trabajé, entre otras cosas, para rescatar los muladares, que ya se estaban perdiendo; y para confeccionar la primera lista patrón de las aves del Pirineo, que estaba aún por hacer. No establezco relaciones entre los oficios y mis libros, pero creo que los escritores deben desempeñar trabajos en los que empleen herramientas lingüísticas que luego les resulten útiles a la hora de escribir. Por eso he incluido nombres de aves en algunos poemas.

-¿Le ha sido en este sentido más provechoso el póquer?

-No. El póquer únicamente me ha producido un poema, Casino de Provincias. Jugué al póquer bastante tiempo con buenos resultados, lo que pasa es que mis dos hijos comenzaron a ir al instituto en Jaca y un buen día me preguntaron si era verdad que el abuelito de un compañero había tenido que volverse a Benidorm andando por mi culpa. Eso, claro, me remordió mucho la conciencia. No he tocado un naipe en veinticinco años.

-La exposición que se inaugura ahora en Málaga revela su lado más plástico, visual y performativo. ¿Dejó de escribir porque la literatura se le quedaba pequeña?

-No sé, no lo veo así, sino más bien como lo que decía Fray Luis de León, aquello de Decíamos ayer. Estuve más de treinta años sin escribir, después me encargaron un guion y el guion estaba listo en tres meses. Estoy dotado para esto. No estoy dotado para el submarinismo, para la escritura sí. Ahora mismo estoy muy interesando en un territorio muy singular, el del argumento débil: se trata de contar algo muy sutil, muy leve, muy poca cosa, sin consistencia ni argumentos sólidos. Al nivel del caso, trabajar con esto es muy excitante.

-Eso me suena a escuela francesa, de Flaubert a Perec.

-Quiero creer que he sido muy poco influido por los demás, del mismo modo en que espero no haber influido a nadie. La revista Ínsula me dedicó un dossier el año pasado con varios profesores universitarios escribiendo sobre estas cosas que hablamos desde la teoría literaria, pero ahí me pierdo.

-Pero usted es filólogo.

-Sí. En los ochenta quise hacer una tesis doctoral sobre ornitónimos pero no había quien me la dirigiera. Apareció un catedrático interesado en Granada, y me desplacé, pero murió en una situación bastante oscura. Al final, utilicé todo el material recopilado para el Bestiario. Voy aprovechando las cosas de un día para otro, como el guiso de la ropa vieja.

-¿De verdad que no echa de menos figurar entre los novísimos?

-No, yo soy anterior a ellos. Los novísimos siguieron mucho mi libro La hora oval. A ver, eran unos pijos, pero también es verdad que a los barceloneses nos gusta mucho epatar a los demás.

-¿No hay añoranza?

-No. Fíjese, Félix de Azúa era entonces maoísta. Casi todos han cambiado, pero yo no, yo sigo en la misma línea, aunque ahora me llamen falangista, que ya me dirá usted. Nunca he ido de rojo por la vida, pero vamos. Ahora que soy pensionista trabajo más. Y que te reconozcan por ahí personas jóvenes que te han leído es muy gratificante. Somos débiles, necesitamos estos estímulos.

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