Está Málaga, decididamente, que se sale. Latente todavía la ceremonia de los Premios Goya celebrada en el Martín Carpena, la Academia del Cine ha vuelto a encontrar en la ciudad la mejor solución para una edición, la de 2021, que quedará condicionada sin remedio por el coronavirus, con todas las exigencias, reducciones de aforo y distancias de seguridad que habrán de respetarse arrajatabla. Esta vez, sin embargo, no han hecho falta arduas negociaciones, ni estrategias competitivas, ni alianzas institucionales, ni canon alguno que satisfacer con dinero público: todo ha quedado en una entente feliz entre la susodicha Academia y Antonio Banderas, cuyo Teatro del Soho, dotado de productora de televisión propia nada menos que con María Casado al frente, se revela como el epicentro ideal de un encuentro que tendrá mucho de virtual y de extensión en red a base de conexiones en directo con otras ciudades españolas. Los Goya, por tanto, vuelven a Málaga, pero ahora lo hacen de la mano de un solo hombre. Así que todo apunta a que veremos de nuevo a Pedro Almodóvar paseándose por la calle Córdoba y saludando al personal como si del rey Melchor se tratase. Resulta difícil de creer todo lo que el Teatro del Soho ha dado de sí en tan poco tiempo: su inauguración tuvo lugar hace nueve meses y cualquiera diría que han pasado años desde aquel sarao, con el fichaje estrella y la temprana salida del proyecto de Lluís Pasqual, el éxito arrollador de A Chorus Line, el despliegue de una programación harto prometedora pero truncada en sus primeros compases por obra y gracia del coronavirus, la entrada en juego de María Casado pocos días después de su despedida en TVE para una de las iniciativas audiovisuales más ilusionantes de los últimos años y, como colofón, los Goya de vuelta. Ahí es nada. Cualquier otra empresa cultural habría necesitado décadas para surcar una travesía semejante. Pero con Antonio Banderas a los mandos todo parece ir mucho más rápido.

Es una lástima que el coronavirus haya dejado una impresión del Teatro del Soho como meta aún por alcanzar. Un desarrollo normal de la temporada anunciada habría consumado a estas alturas una certeza férrea de consolidación y una proyección aún mayor. Pero que el primer envite hecho público tras la crisis haya sido nada menos que la gala de los Goya deja bien claro lo que cabe esperar de la aventura; al cabo, sí que correspondía advertir que con Antonio Banderas aquí las noticias de largo alcance habrían de sucederse a un ritmo prodigioso. No hay dudas respecto al crecimiento exponencial de la posición cultural que ha experimentado Málaga, lo que podría interpretarse como un correlato interesante en lo relativo al turismo. El resultado, eso sí, y como sucede a menudo, es una ciudad desplazada a dos velocidades: una mitad, digamos, va a todo tren gracias a artífices como Banderas y a otra le cuesta un poco más. Y tal vez convenga prestar atención a la cultura menos chispeante. Que también existe.

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