En tránsito

Pez luna

Todos se han conmovido por el pobre pez, pero nadie pensó en el hamaquero desesperado por la falta de clientes

Es posible que algún lector haya oído hablar del caso: en una playa de Roquetas de Mar, hace poco, un hamaquero atrapó y asfixió con sus propias manos a un pez luna que nadaba muy cerca de la orilla y que estaba espantando a los bañistas. Yo me pasé la infancia yendo a pescar en barca con mi abuelo, pero nunca había oído hablar de los peces luna ni sabía que tuvieran una enorme aleta dorsal que se parece mucho a la de los tiburones. En un vídeo que ha circulado por todos los informativos, se ha visto al hamaquero forcejeando con el animal en el agua. Las imágenes eran de una brutalidad inusitada. Para cualquier pescador del Tercer Mundo, esa lucha que parece remontarse a los tiempos del Paleolítico debe de ser algo muy normal; pero para nuestra sensibilidad hipertrofiada de habitantes del Primer Mundo que han crecido viendo Bambi, eso es algo insoportable. De hecho, una asociación animalista ha denunciado al hamaquero y la Guardia Civil está investigando si cometió un delito medioambiental. Y las redes sociales se han llenado de insultos violentos contra el hamaquero, al que mucha gente acusa de ser un asesino y un genocida y no sé cuántas cosas más.

Comprendo la rabia contra la conducta del hamaquero. Me gustan los animales, y más si son peces tan extraños como ese pez luna que tiene pinta de sabio despistado (si podemos imaginar que existan los sabios despistados entre los peces). Pero me llama la atención que nadie se haya planteado qué fue lo que impulsó al hamaquero a matar al animal. Según las reacciones mayoritarias, todo se debió a un acto de fría y cruel barbarie. Nadie se preguntó cuánto dinero había pagado ese hamaquero para tener una licencia de explotación en la playa. Nadie se preguntó cuál es su situación económica, sobre todo ahora que vivimos las terribles consecuencias de la pandemia. Es decir, que todo el mundo se sintió conmovido por el pobre pez luna, pero nadie se dignó imaginar las condiciones en que vivía el hamaquero desesperado por la falta de clientes. ¿Debía dinero al banco? ¿Se avergonzaba de no poder llevar un salario digno a su familia? Nadie se lo planteó. Y en cambio, hemos reservado toda nuestra exaltada sensibilidad de urbanitas autocomplacientes para una criatura marina de la que ni siquiera teníamos noticias de que existiera hace dos días. Bienvenidos a la nueva normalidad.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios