Vía Augusta
Alberto Grimaldi
La vía Adamuz
Nuestro mayor temor siempre ha consistido en la posibilidad de perder la vida, y ahora las cosas se están poniendo tan complicadas, que es la vida la que nos asusta. Veamos en breves titulares algunas definiciones de nuestra situación. La IA amenaza con disparar el número de desempleados porque hay pocas habilidades que están fuera de su alcance. En breve los coches serán autónomos, pero también la medicina, la banca, los trámites burocráticos o el entretenimiento requerirán de muchos menos recursos humanos que en la actualidad. Y reconozcámoslo, la inmensa mayoría de la población a pesar de estar convencidos de que con el WhatsApp ya nos hemos digitalizado, somos analfabetos funcionales en estado extremo, puesto que no sabemos programar, ni ir más allá de las redes sociales, los vídeos cortos y los juegos infantiles.
A nivel político la altura intelectual media de nuestros dirigentes no pasaría el mínimo exigido para ser bedel en un centro público mediante oposición. La sociedad está cada día más enfadada y dividida en bandos irreconciliables que se niegan sistemáticamente a reconocer las razones de sus oponentes, a quienes ahora se les denomina enemigos con quienes hay que acabar a toda costa. La juventud ha vuelto a buscar refugio en la religión, en vez de hacerlo en la razón; quienes se proclaman progresistas carecen de receta alguna para entender el mundo en el que vivimos y continúan anclados en ideas propias de siglos pasados, y lo que es peor, se han convertido merced a su falta de autocrítica y ausencia absoluta de humor, en el establishment más casposo y aburrido. Ese que tanto critica a Trump, un loco peligrosísimo y amoral, que está haciendo aquello que dijo que haría y al que la pretendida superioridad progre es incapaz de derrotar. Rusia, China y EE. UU. se están dividiendo el pastel y la vieja Europa contempla desde sus palacios y catedrales, con melancolía y nostalgia, que su tiempo ya pasó y que sólo les queda una enorme burocracia vestida con trajes grises, para defenderse de una sociedad que no viste corbatas italianas de seda, y que es mucho más rápida y práctica que sus interminables discusiones sobre el devenir del universo y las prioridades locales de cada tribu. Sí, estamos muy “malitos”. Pero siempre hay razones para la esperanza. Pronto tendremos un presidente que no hablará inglés, pero ya hay aplicaciones que le permitirán entenderse con sus jefes chinos.
También te puede interesar
Lo último